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Baños de Agua Santa: !Expectativa cumplida!

Cuando se escucha hablar de Ecuador y no se tiene el presupuesto para hacer algo como las alucinantes Islas Galápagos, uno de los lugares que primero sale a la conversación es Baños de Agua Santa. Y debo decir que durante largo trecho le hice el quite a este lugar, no porque no quisiera visitarlo, sino porque imaginaba que la expectativa sería demasiado alta y la ansiedad se devoraría a la realidad (algo cómo lo que me sucedió en las Lineas de Nazca). Pero desde ya puedo decir – y por suerte – que no fue así, pero dependió mucho de las circunstancias que envolvieron mi estadía en este remoto lugar de la sierra ecuatoriana.

Llegar a Baños es bastante sencillo. Puedes hacerlo desde el oriente viniendo de Puyo (la ciudad más grande de la Amazonía ecuatoriana) o desde Ambato en el oeste, parte de la carretera Panamericana. Yo lo hice desde esta última, dónde las coincidencias del viaje hicieron que conociera a Steffen, el alemán más loco con el que he viajado, y quién al igual que yo se dirigía a Baños. Al llegar a nuestro destino, en las faldas del volcán Tungurahua, nos hospedamos en el hostel Erupcion (9,5 dólares con desayuno incluido) y aprovechamos los últimos destellos del día para tomar algunas panorámicas de este pequeño, pero sorprendente lugar.

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Antes de dormir el primer día bautizamos al pueblo como «la ciudad de las cascadas» por la gran cantidad de caídas de agua que poseía, por lo que la mañana siguiente queríamos verlas todas. Junto a Steffan rentamos un par de bicicletas (5 dólares el día) y nos fuimos a conquistar los 19 kilómetros que separan a Baños del pueblo de Machay, en la que es llamada Ruta de las Cascadas. Y en efecto, transitas por una carretera que bordea el cañón del río Pastaza y dónde es posible apreciar un sinfín de estas. Atraviesas túneles, una hidroeléctrica y llegas al sector de los «deportes» extremos típicos del lugar: el canopy, el canyoning y el bungee jumping, además de apreciar la tarabita que cruza el cañón.

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En la ida, los 19 kilómetros son bastantes sencillos porque es en su mayoría descenso. Llegamos a Machay para ver la última cascada y la más sorprendente de todas, el Pailón del Diablo. Está ubicada en el fondo del cañón, por lo que debes dejar las bicis y caminar unos 20 minutos para llegar a ella, la que gracias a presupuesto privado ha sido convertida en un gran atractivo turístico (y que vale la pena pagar 1,5 dólares para recorrer). Bajas por un sendero, cruzas un puente y la encuentras, e incluso puedes tomar una serie de angostos túneles para disfrutar estar detrás de la cascada. Alucinante. Mucho mejor de lo que esperábamos y un lugar recomendado para visitar. Agradecíamos la decisión tomada y volvíamos a Baños en lo que sería un muy, pero muy pesado ascenso en las bicicletas, pero que por supuesto logramos.

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El primer día nos había dejado exhaustos, pero no por eso no íbamos a dar una pequeña caminata por Baños. Habíamos estado cerca de 24 horas hospedados acá y ni siquiera conocíamos los alrededores, así que ahora fue el turno de hacerlo. Al ser un lugar sumamente turístico sobran los hostales, los restaurantes de todo tipo, las tiendas de recuerdos o artesanías, y las dulcerías que ofrecen otra de las grandes atracciones de Baños, la melcocha.

Además, al caminar por sus calles destacan 2 grandes elementos naturales y uno arquitectónico: el volcán Tungurahua en las alturas, la cascada de la virgen (junto a los baños termales de la ciudad) y la Basílica de Agua Santa junto a la plaza.

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En el segundo día la dupla se convirtió en trío, ya que Steffen me presentó a su amiga Dana de Corea del Sur, con quién estuvo realizando voluntareo en la costa ecuatoriana. ¿Han tenido esa sensación de conocer a gente de toda la vida? Bueno, con ellos sucedió así, el feeling fue inmediato. Es cómo si en otra vida hubiésemos sido hermanos, mejores amigos o rebeldes con una causa en común, una sensación difícil de describir. Este día no podía ser coronado de otra forma que tomando nuestras mochilas y subiendo a la casa del árbol, otro lugar en mi lista para conocer antes de morir.

Para llegar arriba puedes tomar taxi, bus, chiva, camioneta, pero como somos masoquistas y nos gusta ahorrar, caminamos. Preparamos el agua, unas frutas y nos encaminamos hacia la primera parada, el Mirador de Bellavista, en la cima sureste de Baños, en lo que fue una subida leve de unos 45 minutos. Ya desde arriba se aprecia una vista completa de la enorme belleza de este lugar.

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Desde Bellavista correspondía ahora una subida algo más empinada, pero cuando estás cantando, riendo, aprendiendo idiomas o culturas, el ascenso se convierte en un goce. El intercambio comunicacional – ya sea con palabras o gestos – que experimentamos en estas dos horas es más valioso que muchas horas de aprendizaje de un idioma o de la historia de un país. Y seguíamos riendo y disfrutando. Eramos los tres chiflados de Baños de Agua Santa.

Al encontrar la carretera nuevamente hicimos dedo unos minutos y nos llevaron a la casa del árbol, a 2660 metros sobre el nivel del mar (y 800 metros más que Baños), la cual para nuestra sorpresa estaba sin gente, así que antes de que se llenara de turistas dimos inicio a nuestra sesión fotográfica sobre el columpio del fin del mundo. En sus marcas, listos y ya estás volando en el aire.

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Una experiencia fantástica, una panorámica en movimiento única. Con el tiempo comenzó comenzó a atestarse el lugar de gente, por lo que compramos un par de cervezas, sacamos nuestras frutas y snacks y nos sentamos a unos 50 metros de la casa del árbol a disfrutar las maravillas del entorno (y notar lo ridículo que es ver cómo la gente posa para tomarse fotos en el columpio). Fue el momento de reflexión de la tarde, sin saber lo que nos esperaba unos minutos más tarde.

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Habremos estado una hora ahí sentados, cuando hizo su aparición el gigante activo, el volcán Tungurahua. En los dos días en Baños no habíamos tenido la oportunidad de verlo debido a la neblina que acecha normalmente las alturas, pero parece que hizo caso a nuestro llamado y recompensó nuestra paciencia de quedarnos ahí. Cómo sabíamos que no duraría mucho, volvimos al columpio (esta vez tuvimos que esperar nuestro turno) y realizamos una segunda sesión fotográfica, y definitivamente fue superior que la anterior. No todos los días estás a pocos metros de un volcán que dispara fumarolas, al que le veías llamas a la distancia, y aún mejor, columpiándote como si estuvieses en un parque cerca de tu casa y con amigos. Felicidad completa!

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El Tungurahua nos había fascinado tanto que nos daríamos un día de descanso en la ciudad para luego intentar subirlo. Sabíamos que con el tiempo que teníamos no íbamos a llegar al refugio a 3800 metros de altura, pero por ser uno de los volcanes más simples de ascender (aun estando en actividad), haríamos el intento de avanzar lo máximo posible.

Tomamos un taxi (10 dólares) hasta Pondoa, a los 2800 metros de altura, y lugar dónde comienza el trekking al refugio. Son 1000 metros de ascenso que en promedio se realizan en 3:30 – 4 horas. Cómo no teníamos ese tiempo avanzamos hasta que las piernas y nuestros relojes dijeran basta. Senderos bajo el sol, senderos subterráneos estuvieron ante nosotros por unas 2 horas y media, lugar en que decidimos detenernos y disfrutar la compañía del magnánimo volcán. Estábamos a 3450 metros de altura acostados sobre el cesped frente al gigante activo que nuevamente hacía ver pequeñas fumarolas siendo escupidas desde su cráter. Cerramos los ojos y nos dedicamos a escuchar.

No sabría decir si lo que escuchamos fue el ruido del volcán o quizás una tormenta que se extendía a muchos kilómetros de nosotros, pero recordaré esas explosiones por mucho tiempo. Para terminar nuestra estancia en las alturas tomamos algunas fotos desde lo alto y regresamos para ser recogidos en Pondoa nuevamente.

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Mi último día en la ciudad fue una invitación a volver: durante todo octubre sucedieron las fiestas de la virgen de Agua Santa, las cuales terminan este 7 de noviembre. Fuegos de artificio, bandas musicales, bailes y mucho más esperan por el que desee visitar este hermoso lugar de la sierra ecuatoriana. Quién sabe si estoy por acá nuevamente para un nuevo capítulo de Baños en mi Apuesta por la Ruta.

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