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Filadelfia, la perfección hecha escala (¿o escalera?)

Siete horas. Ni más ni menos. Ese era el tiempo que íbamos a tener en la ciudad más grande del estado de Pennsylvania. Y nuestra visita correspondía únicamente a un arreglo logístico que había tenido la posibilidad de realizar, no precisamente a que quisiésemos ver la ciudad de Rocky Balboa, para ser sincero. Verán, el pasaje de Megabus desde Washington D.C. a New York se había elevado de forma estratosférica, lo que me hizo buscar alternativas, y una de ellas era tomar otro bus de mañana hacia Filadelfia para hacer escala y por la tarde/noche del mismo día tomar otro a la Gran Manzana. ¿El beneficio? De más de 50 USD por persona, bajamos a menos de 15 USD. Una ganga.

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Mucho tiempo de investigar qué visitar y esas cosas no tuvimos, por ende en Filadelfia hicimos algo que no habíamos hecho en todo el viaje: improvisar. El único objetivo era no perder el bus de la noche, porque ya sentíamos a New York City corriendo por nuestras venas.

Cuando el bus arrivaba a la estación, todos divisamos un enorme edificio amarillo que destacaba en el exterior. Al preguntar de qué se trataba, nos dijeron que era el Museo de Arte de Filadelfia, y nos recomendaron visitarlo porque era un lugar de mucha historia. Así que accedimos a aquello.

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A medida que el museo se hacía más cercano, algunas imágenes comenzaron a pasar por mi cabeza, imágenes que hacían de este lugar algo conocido, como si alguna vez hubiese estado en este lugar. En la base de los escalones vimos a mucha gente tomándose fotos y grabándose mientras corrían, y fue ahí dónde todo tuvo lógica: estos eran los famosos Rocky Steps, las escaleras que Sylvester Stallone subía para culminar su entrenamiento previo a las épicas batallas en el ring en las diferentes películas de Rocky.

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Subir las escaleras es transportarte a 1984 y la primera de las películas del Semental Italiano, cuando nadie daba un centavo por él y a punta de esfuerzo y dedicación, apostó por si mismo y llegó a batallar 15 rounds ante el campeón invicto, Apollo Creed. Incluso llega a sonar la canción «Gonna Fly Now» en tu cabeza al subirlas. Desde arriba, la panorámica apuntaba al Monumento a Washington en la Rotonda Eakins, a la Avenida de las Banderas (Benjamin Franklin Pkwy) y al skyline del centro de Filadelfia.

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Me encantaría decir que recorrimos al downtown de Filadelfia, o que fuimos al Independence Hall a ver la histórica Campana de la Libertad (si, esa gigante que está rota), pero no fue así. El tiempo apremia, y a veces es mejor disfrutar un lugar de mejor manera a estar en 5 distintos por un periodo muy breve. Calidad y no cantidad, diría un amigo. Por tanto el plan fue quedarse en las afueras del museo hasta que el frío (que era bastante) nos devolviera a la estación.

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En la parte inferior del Museo está la estatua de bronce de Rocky Balboa. Esta estatua fue colocada para la película Rocky III y ha sido reubicada en innumerables ocasiones, entre la parte superior de los escalones, el estadio Wachovia Spectrum (ex estadio NBA y NHL) y su ubicación actual, al costado derecho de los Rocky Steps por los últimos 10 años.

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A mi compañero de viaje le ganó el frío y volvió al terminal a esperar nuestro regreso. A mi, estar sentado en la cima de estas escaleras me dio una perspectiva de cómo estaba el viaje hasta ahora. Era el día 11 en la costa este de los Estados Unidos, y habíamos atravesado los estados de Florida, Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Maryland, Virginia, Maryland, Delaware y el Distrito de Columbia para llegar a este remoto lugar de Pennsylvania.

Además, aprovecho de hacer un enorme tributo a mi compañera real de viajes, mi querida mochila, que esta vez hubo que modificar con la inclusión de ruedas para convivir con mis problemas de espalda. Supongo que si uno sueña con esto de verdad, debe haber lo humanamente posible para cumplirlo, y aquí estábamos.

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Hay algunas cosas interesantes que viví esa tarde y que de verdad quisiera hacer mención porque son el espíritu vivo de improvisar en un viaje. Primero, que mientras meditaba sobre este lugar, a un costado de mi mochila, fuimos partícipes (y un poco cómplices) de una hermosa propuesta de matrimonio a los pies del museo, y bajo la escultura AMOR de Robert Indiana. No es precisamente su idioma natural, pero si el español y el latín pueden decirlo, ellos definitivamente podrán sentirlo.

Segundo, y lo más especial, creo. El sólo hecho de estar solo abre una posibilidad a conocer gente que es irreal para un no-viajero. Uno no anda en el día a día preguntando y pidiendo favores por la vida, pero viajando el mundo se vuelve diferente. Y esto me hizo conocer a Haytham, un palestino que vive en Kuwait, y con quién tuvimos una amena conversación esa tarde. Tengo cuatro amigos israelitas (que también conocí viajando en Chile y Ecuador), pero nunca había tenido la posibilidad de charlar con un palestino que haya vivido el conflicto como tal, y Haytham fue mi nexo hacia su mundo. Caminamos por Philadelphia y hablamos como si el mundo se fuese a acabar.

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Vaya manera de aprovechar 7 horas. Esto pasó de «sólo es una escala entre Washington D.C. y New York» a «espero tener la posibilidad de volver y conocer esta ciudad como corresponde». Porque estoy seguro que Filadelfia tiene mucho que dar, y uno como viajero, tiene mucho que recibir de ella. Sólo espero que cuando ese día ocurra, la capital del Cheesesteak me cobije como lo ha hecho con Sylvester Stallone por más de 30 años. Hasta pronto Philly.

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