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Porto Seguro y el nacimiento de Brasil

Mis asombrosos días en la sierra del norte de Río y en Minas Gerais habían hecho olvidar lo mucho que extrañaba volver al litoral. Mis días bordeando la beira (costa) del país siempre había acontecido en muy buena compañía, con mi amigo Wlady en Santa Catarina, y con Melissa y Lenice hace algunas semanas en Río de Janeiro, quienes se hicieron un hueco en sus rutinas para compartir unas jornadas de ruta. Por primera vez, aquí en Bahía, iba a enterrar los pies en la arena y la cabeza en las aguas cálidas en soledad, lo cual me venía de pelos porque llevaba demasiadas semanas socializando a morir.

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Dos días tarde desde Diamantina a Porto Seguro, en una travesía de casi 800 kms y 8 caronas. Aquí viví el contraste rodoviario con la peor autopista que vi en mi viaje (entre Salto de Divisa y Itagimirim), y por otro lado la vuelta a la BR101, la famosa carretera que cruza todo el litoral brasileño. Ya en Porto Seguro me recibiría Wander, oriundo de Espiritu Santo, quien realizaba un doctorado en la ciudad y era su primera experiencia de Couchsurfing.

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Porto Seguro tiene una importante contingencia histórica en Brasil debido a estar ubicado en la costa del descubrimiento, región a la que los colonos portugueses, liderados por Pedro Alvares Cabral, arribaron por primera vez desde Europa. Se dice que el primer lugar que divisaron fue el Monte Pascual, a unos 60 kilómetros al sur de donde me encontraba. La duda persistente en los libros e historiadores recae en el lugar exacto al cual ellos pisaron suelo americano. Lo que si se sabe es que Porto Seguro acabó convirtiéndose en la primera ciudad creada y punto pivote para la colonización que vendría a futuro.

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Debido a sus estudios, Wander no disponía de todo el tiempo para realizar mucha actividad conmigo. Por la noche solíamos visitar el centro, experimentar diferentes sabores de jugos de frutas que en mi vida había oído (Caja, Caju, Umbú, Cupuaçú) y realizar las típicas comparaciones entre las culturas chilenas y brasileras al alero de unas cervezas bien frías. Ah, y estaba de vuelta ese calor húmedo y mi relación de amor-odio con él. Tendría nostalgia del clima frío de Minas Gerais por mucho tiempo.

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Otro contraste gigante era la arquitectura. Venía de semanas de recorrer la Estrada Real, reconocida por sus altas casas blancas coloniales de tejas rojas y hoy me encontraba cara a cara con un arcoiris de pequeñas viviendas (está prohibido construir mayor a dos pisos) con la particularidad que el centro histórico debía estar ubicado en la parte alta, con toda la panorámica privilegiada hacia el Atlántico.

Se dice que Porto Seguro adquirió ese nombre debido al arrecife que es posible divisar desde todo lo alto de la ciudad. Ese arrecife no permite a embarcaciones mayores arribar a la costa, dando seguridad antes eventuales ataques importantes, punto muy importante a considerar por los colonos para refugiarse en estas latitudes.

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Si lo que buscas en la zona es disfrutar de la arena y el sol de la playa es necesario trasladarse unos kilómetros al sur, hacia Arraial D’Ajuda. Y para acceder ahí hay que transportarse en una barca que cruza el rio Buranhém y tiene un valor de 4,35 reales (ida y vuelta). Este balneario, también colonial, fue mi regreso definitivo a la paz de la playa (cosa que no vivía desde Ilha Grande) y la relajación del refrescante y tibio mar bahiano. Caminé a través de las praias de Araçaipe, dos Pescadores, Mucugé y Pitinga recordando que ya llevaba 4 meses en Brasil, agradeciendo estar en este preciso lugar e instante, sintiendo la brisa helada atravesar mi todo mi cuerpo. Placer absoluto.

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Por último sería el turno de Trancoso, otra pequeña localidad más al sur de Arraial D’Ajuda y a la que si hay que acceder de vehículo. Conocida por su pequeño centro histórico en lo alto, llamado Cuadrado, goza de kilómetros de playas, una conexión aún mayor de sus habitantes con la naturaleza y una engalantada iglesia central. Aquí admiré la más hermosa de las postales hacia el océano desde todo lo alto, intentando transportarme a la época del descubrimiento de Brasil, a los indígenas que aquí vivían (y que siguen haciéndolo) y a los buques portugueses que se acercaban por todo lo ancho del horizonte en busca de una ruta alternativa a la India.

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Mi paso por la región sería breve, pero enriquecedor. Todo lugar deja enseñanzas y este no sería la excepción, aprendiendo del inicio de todo, del origen de este gigantesco país que no para de sorprender. Se vienen cambios enormes con la cultura nordestina en la que me estaba sumergiendo, completamente diferente al resto de Brasil. Despidiéndome y agradeciendo la gentileza de mi buen amigo Wander, era hora de cumplir un nuevo sueño aquí en Bahía, era hora de viajar a la Chapada Diamantina.

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