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Feliz (visitando) Natal!

Luego de un descanso más que necesario y un goce estrepitoso en la playas de Pipa, era momento de empinar camino hacia el norte del estado de Río Grande do Norte, y a su capital, Natal. Nombrada así porque su significado, Navidad, remarca la fecha en que fue fundada, un 25 de diciembre de 1599. Considerada la capital más segura del país, con alrededor de un millón de habitantes, para mí correspondería una ciudad de muchas sorpresas.

Para llegar a Natal desde Pipa tienes dos rutas: la primera es volver a la enorme carretera BR 101 a la altura de Goianinha y de ahí es vía directa hacia el norte; la segunda es subir hacia Tibau do Sul, para ahí tomar una embarcación que te cruce la Lagoa dos Golfinhos y desde ese lugar recorrer todo el fantástico litoral hacia destino. Ya en Natal, pasé mis primeras jornadas en el Hotel Praia Azul Mar (historia que cuento en este link) del exclusivo barrio de Ponta Negra, pero como mi suerte es ridículamente graciosa, me encontré con titulares de diarios que adelantaban una debacle meteorológica. Supongo que era mejor vivirlo en un hotel que en una carpa, ¿no creen?.

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El gentilicio de los habitantes de Rio Grande do Norte es norte-rio-grandense, pero son conocidos popularmente como Potiguar, una tribu que habitaba estas áreas en la antigüedad. Como mis primeros días se caracterizaron por la soledad que normalmente los hoteles entregan, acudí a Joao, quién me daría hospedaje en cuanto me fuera del hotel, ofreciéndome la opción de aprovechar la mañana del sábado y visitar la Feria de Alecrim, conocido mercado ambulante con más de 80 años de funcionamiento en Natal. Frutas y vegetales de todos los colores y tamaños adornaban los cientos de puestos de feriantes. Otro gran atractivo eran los frutos del mar, con cangrejos exóticos y el conocido camarón. En idioma tupí, Potiguar significa comedor de camarón, cosa que en este mercado entendí perfectamente.

Por otro lado, y así como también ocurría con Joao Pessoa, el centro histórico de Natal está en el suelo. No hay reconstrucción ni interés de reformar su antiguo casco. Sólo salvaron algunas iglesias y uno que otro edificio que hoy funciona de infraestructura pública. La gente culpa a la corrupción, como normalmente acontece.

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El barrio de Ponta Negra, donde me estaba quedando, es popular por su bohemia y su playa del mismo nombre, cercada por el Parque das Dunas y del otro lado por el Morro de Careca, cerros de dunas en sus extremos. Cuando la tormenta pasaba y el sol asomaba, los colores verdosos del mar alucinaban a cualquiera que no esté acostumbrados a ver el océano de estos tintes, perfecto para despertar cerca a las 5 am y aprovechar del amanecer desde la ventana de mi hotel.

En Couchsurfing conocí a Patricia, gaucha viviendo y estudiando en la zona, que me hizo de perfecta compañía en mis días en Ponta Negra, aprovechando que estábamos en el mismo barrio. Entre intermedios de lluvia, agua de coco, nadar en las aguas cálidas, música en vivo en la costanera y atardeceres en dirección a la ciudad, pasaba esta primera etapa en la ciudad. De boa na lagoa, como diría ella.

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La segunda parte de esta visita sería con mi host, Joao. Él no era cualquier anfitrión, porque contaba con algo que la mayoría de los lugareños en cualquier sitio no cuentan, y eso es tiempo. Jubilado del ejército y sin hijos, está dispuesto a acompañarte en tu aventura o a dejarte volar por las dunas de Natal a tu orden. Conmigo, desempolvamos las bicicletas y nos fuimos en días consecutivos a por 15 y 25 kilómetros respectivamente, al Parque de la ciudad, al Parque das Dunas y a la Fortaleza de los Reyes Magos. Años que no andaba de bici, verdaderamente me sacó el jugo mi buen amigo.

El Parque das Dunas es el segundo parque urbano más grande de Brasil (después de Tijuca en Río de Janeiro), con kilómetros de un enorme perímetro de dunas que forman una barrera natural entre la ciudad de Natal y el océano Atlántico. Su fauna, además, es extraordinaria, con serpientes, roedores, lechuzas y algunos insectos que parecen haber sido aumentados artificialmente de su tamaño normal.

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La fortaleza de los Reyes Magos, símbolo de la ciudad, fue otra visita que vale totalmente la pena en Natal. Comenzó a ser construida en 1598 (!!) y pasó en su historia por dominios portugueses, holandeses y finalmente de Brasil. Si la ves desde el aire, tiene forma de estrella y está ubicada en la desembocadura (foz) del río Potengi. Su entrada es gratuita y sólo, si lo deseas, puedes pagar dentro un guía que te acompañará describiéndote acontecimientos históricos del lugar.

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La fortaleza cuenta con elementos originales de su historia, porque el paso del tiempo no ha sido en vano. En sus techos, numerosos cañones apuntan hacia el exterior, recordando las hazañas de defensa de la colonia portuguesa ante los bestiales ataques de las fragatas francesas y holandesas. Dentro, depósitos y cuarteles eran dispuestos en los diferentes cuartos y en medio, la capilla del fuerte con sus tres reyes magos servían como centro de interés. Nada mal para cuatrocientos años de vida, contrastando su arquitectura militar con los edificios del núcleo comercial de Natal que se divisan a lo lejos. Totalmente imperdible.

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Como acostumbro hacer, dejé lo más ansiado para el final. ¿Sabían que en Natal hay dromedarios africanos? Pues si, hace 20 años ya que fueron importados a la región y, sorpresivamente, se adaptaron bastante bien al clima nordestino. De hecho, ya hay procreación y nacimientos de dromedarios brasileros. Por momentos, este pequeño reducto de dunas se transforma en una viva imagen del Sahara y viajas un poco sin tener que despegar tus pies del suelo. Las dunas de Genipabu se encuentran al norte de Natal y recomiendo visitarlas de tarde porque de mañana se llenan de turistas y por la tarde, un majestuoso por do sol (atardecer) los está esperando.

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Hace mucho, mucho que no caminaba por dunas así, me había guardado específicamente para este momento. De no ser por el incesante sonido de los buggies trasladando turistas ruidosos, hubiese sido ideal, pero no había nada que pudiera arruinar el momento. Arena, sol, una merienda y la panorámica de los dromedarios, así como de quienes descendían las altas dunas en tablas de sandboard y los que sólo vinimos para admirar el paisaje. Así me pasé la tarde hasta que el sol dijo adiós, con un viento que producía pequeñas tormentas de arena que obligaron a adelantar nuestro regreso a casa.

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Natal dio un significado perfecto a mi estadía en sus tierras. Fuiste un regalo de Navidad para mi, porque recibí experiencias mejores de lo que podría haber imaginado y otras que ni siquiera estaban en mis propios cálculos. Desde alojarme de forma gratuita en un hotel con vista al mar, pasando por salidas en bicicleta y observar dromedarios salvajes por primera vez, hasta disfrutar de la amistad y el tiempo con Joao, Patricia y los suyos. La verdad, no podría haber pedido más. Feliz Natal.

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