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Saint Laurent du Maroni y la frontera con Surinam

La próxima etapa en esta loca aventura guyanense nos llevaba a Lucía, Santiago y a mi a la pequeña localidad de Saint Laurent du Maroni, en la frontera con el país vecino Surinam. Serían 200 kilómetros que atravesarían media Guayana Francesa. Que loco es pensar que en Brasil en el doble de distancia ni siquiera salía de un estado y ahora atravieso naciones completas, por la cual más mérito tiene haber cruzado ese gigante sudamericano.

Acostumbramos a separarnos con los chicos porque tres mochileros y su cargamento no es común agarrarlos en un sólo auto, lo cual venía resultando bastante bien hasta ahora, este es un lugar con tan mal transporte que los locales hacen de transporte urbano y suelen llevar gente. Como siempre, mis compañeros encontraron rápidamente movimiento, mientras que yo (el expeeeerto en estas situaciones) quedó un par de horas muriendo de insolación. Es interesante observar que comúnmente la gente de color intenta cobrarte por el viaje, mientras que la población blanca no lo hace. El sexto vehículo al que pregunté recién fue el que me sacó de apuros, llegando cuando mis amigos ya perdían la paciencia y esperanzas por mi arribo. Junto a ellos se encontraba Marion, chica que nos daría hospedaje en la ciudad.

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Marion es toda una aventurera, no dejó ni instalarnos en casa y nos pidió la acompañáramos a pasar una noche (al final fueron dos) a un carbet que se encontraba cuidando de noche. Un carbet es una estructura de madera con un techo que con el tiempo se fue modernizando y adquiriendo comodidades, por lo cual el lugar al que asistimos era hoy derechamente una casa en medio de la selva amazónica. Los dueños, de vacaciones, en su tiempo acá la alquilan para quien guste disfrutar una noche diferente a la luz de las estrellas y desconectado del mundo. Creo que nunca antes un mosquitero había sido tan indispensable en mi vida. Fue el tiempo preciso para terminar el libro que estaba leyendo.

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Saint Laurent de Maroni es una ciudad muy pequeña a pesar de ser la tercera mayor del país. Su núcleo urbano no debe  congregar a más de 20000 personas y la misma cantidad de gente debe vivir en los alrededores, fuera del ruido y la locura del centro de la ciudad. Como todo el mundo tiene autos, es posible buscarse casas algo alejados y vivir de forma más pacífica y en paz con la naturaleza. La arquitectura es de finales del siglo 19 y su punto turístico principal es el Camp de la transportation.

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Como he venido escribiendo anteriormente, la Guayana Francesa por 100 años fue una prisión del país europeo. Los presos con múltiples condenas venían a pasar sus días acá y luego de un tiempo eran liberados para trabajar la tierra e intentar poblar las Guayanas, pero las enfermedades y el hambre a la larga los terminaba matando a todos. Venir acá era una sentencia de muerte para cualquier criminal. El primer lugar al que llegaban los prisioneros era el Camp de la Transportation, ubicado en Saint Laurent, posible de visitar de forma gratuita y sólo necesario de pago si precisas un guía para el recorrido. Entre las historias que rodean a este particular recinto esta la del famoso Henri «Papillon» Charriere, quien en su libro autobiográfico y best seller relata la condiciones de vida dentro de los penales y su posterior escape.

Link del filme Papillon: https://www.youtube.com/watch?v=fLg7GB5Kw00&t=681s

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A Saint Laurent lo bañan las aguas del río Maroni que conectan al otro extremo con Albina, ciudad surinamesa. El río muestra sus aguas completamente marrones producto del trabajo de los garimpeiros en el interior de la selva y en las profundidades del río. Los garimpeiros son los buscadores de mineral, especialmente oro, mercenarios que a la antigua usanza continúan bañando estas aguas de barro y sangre, porque toda búsqueda de este tipo trae consigo condiciones de trabajo infrahumanas y muerte. El tesoro los enceguece a niveles que es difícil sospechar para quienes perseguimos otros placeres de la vida. Para Santiago y para mí creo que si el río nos permitía bañarnos y en unos días cruzarle tranquilamente estábamos felices, que el oro quede donde está.

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El interior de la selva, los pequeños arroyos que desembocan en el gran río son aún vírgenes y demuestran la pureza de sus aguas, aguas que me recuerdan mis mejores días allá en la Chapada Diamantina de Bahía. Las primeras aguas frías que experimentaba en semanas y que no han salido precisamente de un congelador, que placer inigualable que significaba eso. Como algo tan simple como un baño de agua fría se convierte en algo soñado, como nuestra mente nos invoca a pedir lo simple por sobre lo complejo, cosas que el dinero no puede comprar, momentos, emociones, sensaciones que vivir. Creo que la cabeza fría me hace delirar..

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Teníamos días de sobra antes de volver a Kourou para el despegue del Ariane 5, por lo cual decidimos cruzar el río Maroni y dirigirnos unos días a Paramaribo, capital de Surinam. Sellamos nuestras salidas de Francia, pagamos la canoa (negociamos 3 euros por persona) y nos movilizamos hacia el otro extremo. Descendimos, entramos a policía surinamés y mi primera gran sorpresa: argentinos no necesitan visa para entrar, chilenos si. Y yo que me jacto de planificar minuciosamente todo, me iba a tener que devolver, era domingo y las visas no las daban hasta mañana lunes. Tomamos la medida de que me quedaría un día mientras ellos cruzarían a la capital ya que nos esperaban allá.

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Con el rabo entre las piernas me devolví, esta vez solo y me autocastigué volviendo caminando a casa más de 5 kilómetros con el peso de la mochila y un sol que no daba tregua. El lunes a primera hora fui al consulado de Surinam a preguntar por las visas para chilenos y las opciones fueron las siguientes:

  • Tourist Card: Permiso para visitar Surinam como turista hasta mi salida, valor 35 dolares, pagada sólo con tarjeta de crédito, entregada de inmediato.
  • Visa permanente: Permiso para múltiples entradas y salidas, valor 45 dólares, también pagada sólo con tarjeta de crédito y que tarda 1 semana en ser entregada.

Ambas opciones eran terribles para mi, porque debía escoger entre pagar dos veces la tourist card o esperar una semana por la otra. Corté por lo sano, me quedaría una semana en Saint Laurent a la espera de la vuelta de mis compañeros y recién tras el despegue del centro espacial comenzaría mi aventura en mi país número 14, Surinam.

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Los días próximos, gracias a la gentileza de Marion que no tuvo problemas en dejarme quedar en su casa, fueron de completa tranquilidad, recuperar el sueño acumulado que semanas de viaje me habían arrebatado, uno que otro sendero cerca de casa, y hasta me di gustos extraños en mi vida viajando como salir a trotar o ver películas pendientes, cosas que no hacía hace mucho tiempo. Un relajo que necesitaba urgentemente vino a mi gracias a la policía fronteriza del otro lado del río.

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Recibir a los chicos de vuelta en St. Laurent fue con un aire renovado, porque esta semana diferente fue un oasis en el estrés del viaje. Y la verdad es que llevo en mí un recuerdo de Santi y Lucía como el tipo de compañeros de viaje que no tenía hace mucho, como si la extraordinaria experiencia de grupo que viví en los Lençois Maranhenses se hubiese extendido por casi un mes en estos aislados parajes. En el mismo lugar donde nos separamos nos volvimos a encontrar, este vez con un nuevo host, Joel, y nos dirigimos a la selva, a su casa en el corazón de la naturaleza.

Desconectados del mundo, correspondió desarrollar nuestra faceta de jardineros en el campo de Joel, en medio de sus plantaciones de pomelo, coco, café, maracuyá, de agudizar nuestra cabeza para los juegos más locos, algunos europeos y otros nativos guyanenses, de visitar la playa de Awala Yalimapo que es conocida por el desove de tortugas marinas en el primer semestre del año, cosa que no veríamos en esta pasada. A nuestro alrededor en esta jornada dominical, decenas de brasileños danzaban al ritmo de la música, peruanos bebían para festejar la vida, franceses mostraban sus dotes de slackline y guyanenses disfrutaban de las bondades del agua de mar más cálida que sentí alguna vez en mi vida. En Guayana Francesa, como en todo el mundo, aún hay racismo, pero aquí y ahora no iba a ser el día para ver ese acto inmundo de odio. Acá eramos todos iguales.

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Los alrededores del río Maroní nos trajeron innumerables aventuras a todos y la apreciación de una Guayana en contacto con sus alrededores, además de hacerme sentir triste por el inminente partir de mis amigos argentinos. Por suerte para todos, aún queda en este libro una página por escribir, y esa sería el asistir a un lanzamiento real de un cohete espacial en el Centro Espacial Guyanense. Estén al tanto, esto se pondrá aún mejor.

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