Primeras impresiones de Venezuela y la previa del Roraima

Miro a mi alrededor, estoy en la plaza principal de Santa Elena de Uairen, en el sur de Venezuela, y de pronto veo a ocho extraños conmigo esperando un bus en dirección a la gran sabana. Somos cinco argentinos, dos chilenos, una peruana y una coreana. ¿Cómo fue que nos conocimos todos y que llegamos a esta situación? Vamos a rememorar unos días.

Boa Vista

Mi última parada en mis 217 días en el gigante sudamericano fueron en Boa Vista, capital del estado de Roraima. Sin ser un lugar turístico, me fue ideal para poder cerrar mis aventuras por las Guayanas y al mismo tiempo comenzar a planificar Venezuela, de la cual tan mal me venían hablando. Joao me recibió en su acogedor hogar donde volví a disfrutar del placer de una buena película en la TV, de descansar tras la odisea de Guyana y de cambiar dinero y esas cosas necesarias antes de cruzar una frontera. En Boa Vista visitamos la Praia Grande, pequeño islote cruzando el río Branco que nos ofreció el mejor de los atardeceres, y caminé a través del mural de los pioneros que tributa a quienes hace mucho vinieron a hacer de este sitio su hogar, tan alejado de lo que hoy es el centro neurálgico de Brasil. Muchos venezolanos viven en la ciudad escapando de su situación actual, se les observa pidiendo trabajo en las calles y hasta acampando en el terminal de buses, supongo es una señal de lo que podría encontrar más al norte.

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La línea

A Boa Vista también llegó Sttefany, la chica peruana que conocí en Guyana y que, al igual que yo, se dirigía a la frontera. Montamos nuestras mochilas y partimos a la salida de la ciudad a pedir nuestra última carona, siendo Miguel, camionero brasilero con larga experiencia visitando países latinoamericanos como misionero religioso, nuestra despedida ideal a este país que tanto extrañaría. Miguel conocía Brasil de pies a cabeza y había vivido algunos años en Venezuela, por lo cual entendía perfectamente de lo que veníamos y a lo que nos enfrentábamos.

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Ya en la frontera nos sorprendió lo tranquilo que todo fue para cruzar. No hubo mayor espera para sellar la salida a Brasil y menos para entrar a Venezuela. Los venezolanos se espantan al ver viajeros que quieran visitar su país, piensan que estamos locos. Ni hablar mi familia o amigos en Chile, creen que me van a matar acá, y me lo hacen saber con mensajes casi todos los días. Bueno.. este proyecto se llama Apuesta por la Ruta y Venezuela se ha puesto hoy en mi camino, es hora de que alguien apueste por ellos. Desde la frontera pedimos cola (hicimos dedo) y así arribamos a Santa Elena de Uairen, primera ciudad de este lado de la línea fronteriza.

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Santa Elena de Uairen

Al fin pisábamos suelo venezolano. Y después de más de 8 meses escuchando portugués/inglés/francés volvía a mi español querido. Claro que no cualquier español, el venezolano brinda al oído nuevos sonidos a los que acostumbrarse: ‘chamo’, ‘a la orden’, ‘vaina’, ‘arrechísimo’, ‘coño’, ‘chance’, ‘chevere’, ‘carajito’, ‘conchale’, así como también elementos claves de la culinaria llanera, como el casabe y la infaltable arepa, ese pan de maíz que comen sagradamente a diario.

No fue nada de fácil acostumbrarse al día a día, Venezuela pasa por un momento crítico social y político y en las calles puedes olfatearlo fácilmente. Largas filas de vehículos en busca de la casi gratuita gasolina a la cual pueden acceder limitadamente (la mayoría la revende), una inflación brutal que hace que 1 dolar americano pueda hasta llegar a ser 200 billetes de bolívares, una escasez de productos en ciertos días de la semana (que no se siente tan fuerte por ser frontera con Brasil) y la gran cantidad de actividades al aire libre que la gente realiza para subsistir, como revender productos, arreglar zapatos, cortar cabello, vender comida y mucho más.

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En Santa Elena fuimos hospedados en dos lugares diferentes: en primer lugar en casa de Jerónimo y su familia, el mejor lugar al que pudimos caer para entender la situación y dar nuestro primer bocado de Venezuela, así como también para vivir ese aire de comunión en el fantástico hogar que ha creado. Mientras paramos aquí fueron apareciendo diferentes opciones para hacer la excursión al Monte Roraima, prioridad absoluta al venir a esta región del país. Debíamos cuadrar un presupuesto mochilero (ojalá no más de 30 USD en total) y esto me colocaba ante un enorme desafío porque los tours no bajaban de los 200 USD por persona.

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Los días avanzaron y las cosas fueron tomando forma lentamente. Por un lado Macarena, argentina viajera y escritora del blog DeMochilaySinCoordenadas (fue quien me ayudó muchísimo en la travesía a los Lençois Maranhenses) venía en camino con un grupo de 6 personas, y por otro lado había encontrado una excursión que se adecuaba a nuestras expectativas.

Es en estos días en que nos mudamos a la comunidad indígena de Manak Kru, donde recibí al grupo y nos unimos los ocho mochileros. Caímos en casa de Luis, quien da hospedaje a viajeros a cambio de trabajo en la casa que construye en la cima de un cerro. Aquí nos fuimos conociendo, trabajamos y terminamos de afinar los últimos detalles para iniciar la larga caminata que se aproximaba. Antes de partir ya eramos una pequeña familia, aprendiendo las manías del pueblo, reconociendo las caras más fácilmente y aún adecuándonos a cargar más peso en billetes en las idas a comprar que los productos que traíamos de vuelta.

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Así llegamos al momento del inicio de este texto. Nueve mochileros (se nos unió al final una chica coreana) en espera del bus de la comunidad indígena que nos transportaría a San Francisco de Yuruani, pueblo base para el ascenso al Roraima. Claramente llamábamos la atención, nos llaman de gringos sin siquiera ser norteamericanos ni querer serlos. El venezolano es muy bondadoso y gentil, pero la situación actual muchas veces les hace intentar sacar provecho de cualquier cosa y normalmente los blancos fáciles somos nosotros, los turistas, ejemplo fue que tuvimos que discutir con fuerza en el bus para no ser cobrados diferente al resto de los pasajeros.

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Gran Sabana

Así fue que llegamos a San Francisco. Acá nos recibió Karla, nuestro contacto para realizar el tour, quien viajó desde Caracas para concretar todo. Nos quedamos en una cómoda posada y nos invitó a hacer la previa del Roraima en algunas de las cascadas que la Gran Sábana tiene para admirar, para así además conocernos ya que ella también es una mochilera empedernida.

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La idea no pudo ser más acertada. Los nueve disfrutamos de una tarde de agua, sol y ligera caminata en las infinitas planicies de la sabana y que de pronto se cortaba abruptamente en estos violentos cañones que a su vez formaban cascadas, algunas de gran magnitud. A ratos me sentía de vuelta en Minas Gerais, Brasil, por los colores transparentes y lo frío de sus aguas. Aquí nos relajaríamos, reiríamos, tomaríamos las últimas fotos y nos despediriamos de la civilización por una semana, era hora de subir el Monte Roraima. La postal final describe nuestros ánimos adportas de una aventura para no olvidar nunca jamás.

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