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La costa Pacífico de Costa Rica y las saudades brasileras

Costa Rica es pura naturaleza salvaje. Recuerdo que en mi entrada al país alguien me dijo «acá usted no se despierta con sonidos de gallos por la mañana, sino que con monos aulladores». Y es completamente cierto. En mis primeros días en tierras ticas he sentido referencias a otros lugares que ya he recorrido previamente en este viaje, como esa amabilidad propia del colombiano, esa vegetación típica de las áreas tropicales de Ecuador o esos altos precios que recuerdan mis difíciles días en Uruguay. Pero creo que los mayores recuerdos se remontan a mi querido Brasil.

Se acercaba semana santa (que el año pasado había pasado en tierras cariocas) y buscaba un lugar tranquilo donde mucha gente no se agolpara a aprovechar el feriado. Así fue como el pequeño pueblo de Parrita, en la costa pacífico, me escogió para visitarlos. Desde San José, capital de Costa Rica, agarré un bus hacia Orotina por 1200 colones y desde ahí comencé el dedo hacia mi destino. Era la mañana del jueves santo, feriado en el país y probablemente el día nacional del tráfico (?). Por cierto, acá a un embotellamiento de tránsito le llaman «presa». La familia de Eduardo y Jenny me vieron caminando por la carretera y no dudaron a invitarme a su carro para viajar con ellos.

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¿Sabría yo que en medio de esos poco más de 50 kilómetros que avanzamos juntos iba a experimentar el visitar un río plagado de gigantes cocodrilos? Claro que no, es la magia de viajar de esta forma, en bus jamás habría acontecido. El río Tárcoles es conocido en la zona por albergar bajo su puente (muy transitado por cierto) estos gigantes milenarios y donde todos bajamos para admirarlos y tomar la foto de rigor. Aquí ya comenzaban a aparecer mis pensamientos brazucas, imaginándome en las pantanosas regiones de Pantanal, en el Mato Grosso. Miren por favor lo que eran aquellas bestias!

Mi tiempo con esta maravillosa familia de Cartago sólo me hacía querer que el tráfico durara aún más para conocerlos y poder compartir experiencias. Claramente no entendían un carajo de qué hacía solo con esta gigante mochila por estas latitudes. Ni hablar de explicar por qué iba al sur si me dirigía a México. Sólo sonreía.

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Danny, mi amigo de Parrita me esperaba con la mochila hecha y los ánimos encendidos. Sólo tenía tiempo de una ducha rápida porque nos dirigíamos junto a sus amigos a Quepos y a la famosa playa de Manuel Antonio, hogar del parque nacional del mismo nombre. No entendía nada, sentía que desde ya mi semana estaba siendo más santa que la del resto, y eso que recién era jueves. Sólo seguí la corriente, fluí al ritmo que la situación lo ameritaba. Imagino que en Manuel Antonio no debe vivir nadie, sino que cada pedazo de ladrillo construido era infraestructura hotelera, de restaurant o de algún tipo de agencia turística. Ofertas copadas para todos los gustos y bolsillos.

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Aquí nadie perdió ni un segundo en esperar el feriado para marcharse a la playa hasta a acampar por los cuatro días. El domingo habrían elecciones presidenciales y veo que a nadie le importaba. Hace un año exacto me pasaba semana santa entre Mambucaba y Río de Janeiro, en el estado carioca, paisajes que a ratos se asemejaban mucho a lo que encontraba frente a mis ojos. Hace un año la compañía era mi amiga argentina Meli, hoy eran estos activos jóvenes que a ratos me hacían sentir un anciano por lo cansado de mi andar. Yo buscaba mi trozo de arena y me acomodaba para dormir o leer un poco, mientras que ellos se iban de lado a lado a «vitrinear» al público presente. A pesar del lleno, en ambos costados notaba espacios que dejaban entrever la belleza natural de esta playa.

Detrás de la playa se encuentra el parque nacional Manuel Antonio, uno de los más visitados y recomendados por turistas de todo el mundo, que como casi todo parque de Costa Rica vale 15 dólares para extranjeros, costo lamentablemente muy alto para mi presupuesto. Dentro del parque hay fauna típica (incluyendo el muy querido perezoso), playas extremadamente mejores que la nuestra y mucha vegetación nativa. Otra de las actividades muy solicitadas es el Parasailing, ese paracaídas jalado por un barco y que te hace volar por unos minutos, con un precio de 60 a 90 dólares dependiendo el vuelo es compartido o no.

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Lo que es yo me embargaba la emoción de haber vuelto a mi casa, el Océano Pacífico, después de largos 18 meses de viaje. Hasta entonces el Atlántico y el Caribe habían apaciguado la pasión por aquel mar frío y que de pacífico no tiene nada, pero al fin lo alcanzaba nuevamente. Nos volvíamos a encontrar, hogar de infinitos atardeceres y que aquella primera tarde felizmente no decepcionó, como no, nunca lo hace.

Manuel Antonio se repitió aquel viernes, y el fin de semana gozamos de paz total en una playa aislada pescando y hablando de nuestras vidas al compás de una maravillosa y cálida fogata y una tormenta eléctrica que se dejaba ver a lo lejos en el mar.

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Tener más contacto con costarricenses me permitía comenzar a entender ciertas frases típicas del país y modismos en su hablar. Que usan ‘mae’ para todo, que ‘¿al chile?’ significa ¿En serio?, que al padre le dicen tata, que la ‘vara’ es el equivalente a la ‘wea’ chilena (la cosa), que al jugo le dicen ‘fresco’ o que el fruto marañón es el caju brasilero. Por sobretodo, la particularidad de que el tico no tutea, todos tratan a todos de USTED, es muy raro ver a alguien que te trate de TÚ. Del archiconocido «pura vida» ni hablar, ya profundizaré en eso en próximos textos.

Otra gran analogía con mi querido Brasil es el amor que este país tiene hacia el arroz y los porotos (acá, frijoles). La combinación de ambos alimentos salteados en un sartén convierte esto en un gallo pinto, el plato más típico de Costa Rica. Un desayuno tradicional acá no comienza sin un buen gallo pinto con huevos o algún otro acompañante, si, porque acá el acompañante no es el arroz ni el frijol.

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La segunda parte del viaje sería en dirección sur hacia el pueblo de Uvita, a unos 80 kilómetros de Parrita. El ride (viajar a dedo) dedo en Costa Rica es muy sencillo, más fácil aún si haces ver al conductor que eres extranjero. El contacto en Uvita sería con Marvin en su camping llamado «El Chamán». Sería mi primer hospedaje pagado en el país y no saben cuan feliz y orgulloso me hace decirlo, porque no siempre caes en un sitio así de extraordinario y donde sabes que tu dinero será bien reinvertido. Como la semana santa había concluido el camping pasó de tener 300 personas a sólo una, yo. La playa de Uvita me recuerda mucho a Pipa, en Brasil. Nuevamente Brasil en mi mente, los animales, las frutas, los paisajes, la gente, todo me traía saudades del gigante sudamericano.

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Acampar en el camping El Chaman es como en ningún otro sitio en el que he estado en mi vida. A pasos del Parque Nacional Marino Ballena es un relajo que no te puedes imaginar, con árboles frutales de todos los colores y sabores a tu alrededor, con animales de todos los tamaños visitándote a cada segundo. A pasos de tu carpa puedes visualizar la batalla de una iguana con una serpiente, o de una zarigüeya intentando cazar alguna presa pequeña.

Punto aparte su dueño Marvin, un hombre de aquellos que te dejan enseñanzas hasta por los silencios que contienen sus relatos. Un hombre de vida, un amante de la naturaleza con la que mantiene una intensa conexión, un chaman que no necesita falsos rituales de ayahuasca ni venderte nada místico para ganarse aquel apodo. Un filántropo, en época de tortugas sale en busca de crías para transportarlas a su vivero privado y ahí darles el crecimiento necesario y así devolverlas al mar cuando corresponde. Hablábamos por horas, yo escuchaba atentamente como un alumno que atiende la clase magistral de su maestro, veía la felicidad en sus ojos y me causaba plenitud. Un amigo para toda la vida.

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La zona de Uvita cuenta con numerosos atractivos, entre ellos el parque nacional Marino Ballena, que caminando por su borde permite evitar la posibilidad de pagar la entrada, esta vez de 6 dólares para extranjeros. Llamado así por los avistamientos de estos enormes mamíferos, cuenta además con dos playas artificiales con forma de la aleta de ballena, la gran atracción del parque. Una fotografía aérea del parque deja en evidencia el trabajo realizado. Dentro del parque es inevitable admirar el extremo contrario a la playa, con un frondoso monte que esconde ahí los mejores secretos de la zona, cataratas ocultas, cementerios indígenas y una cantidad de animales que ya quisiera tener el mejor de los zoológicos.

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En fin, un relajo merecido en la costa oeste que tanta felicidad ha traído a mi persona, esta vez bien alejado de mi hogar en Talcahuano. Fue también momento de recordar aquellos 7 meses en tierras brasileras y sentir por un momento que estaba de vuelta en esos páramos, en esas latitudes. Tal cual llegué, a dedo, me regresé al centro del país, con la mochila algo más pesada por las experiencias vividas, pero con el corazón lleno de amor por la gente conocida y los paisajes que rodearon todos estos encuentros.

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