El Salvador: una espiral de emociones

A veces creo que mi estómago anticipa ciertas situaciones durante el viaje. Recuerdo que desde el día 1 en El Salvador me tendía a complicar de dolor de lo revuelto que estaba, como si supiese algo que vendría y que yo no anticipaba. El Salvador ha sido intenso como hace mucho tiempo no ocurría, intensidad que a estas alturas no podría saber si agradecer por las vivencias o lamentar por lo cansador del camino. Al final de cuentas siempre la balanza se torna agradecida hacia el maravilloso presente que pasa ante mis ojos y la felicidad que aquello trae a mi corazón.

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 A El Salvador llegué por mar, cosa casi imposible de realizar. Estando en la isla del Tigre en Honduras se me dio la posibilidad de tomar una lancha de pescadores y así evitarme un día completo de viaje a cambio de una fugaz travesía entre islas para así arribar en una hora al puerto pesquero de la Unión. ¿Y lo mejor de todo? Me sellaron el pasaporte al ser una frontera diferente a las convencionales, porque resulta que por tierra sólo hacen ingreso digital y no dejan evidencia de tu paso por el país.

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El extremo oriente de El Salvador me daba la bienvenida con el primero de sus volcanes, el Conchagua. El Salvador cuenta con una cadena de volcanes debido a estar ubicado en el cinturón de fuego del pacífico que les provee de atractivos turísticos y de caminatas, pero también de un inminente riesgo que históricamente ha causado daño en el suelo centroamericano. Este inicio no podía comenzar sin un viaje a las alturas junto a Luis (el chino, teléfono +503 7468 5701), quién construye un proyecto turístico de otra época en la cima del volcán. Su nombre es Espíritu de la Montaña y es una ambiciosa idea que algún día será patrimonio del oriente salvadoreño. Un refugio en medio de la naturaleza que hoy está en proceso de construcción y que posee un mirador alucinante que te entregará la mejor vista existente del Golfo de Fonseca y de los tres países que lo componen. Imperdible.

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Este inicio sirvió también para marcar las diferencias con el país predeceso. No más baleadas hondureñas, sino que acá el plato de referencia es la famosa pupusa, esa tortilla de maíz que en su interior trae frijol, chicharrón o queso dependiendo el caso. Si estuve 3 semanas en El Salvador puedo decir que al menos comí 20 veces este manjar callejero. Mi anfitriona Paola y su hermosa familia me hicieron sentir siempre como en casa y no sólo eso, sino que me llevaron a ver basquetbol competitivo después de muchos meses y me acompañaron en estos pesados momentos estomacales. La experiencia salvadoreña comenzaba a tomar forma.

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Viajar es un vaivén de sentimientos que rápidamente confluyen en un cuerpo que debe, en un lugar ajeno al suyo, cargar con toda aquella intensidad. ¿Quién iba a imaginar que en menos de 48 horas de cruzar al centro del país todo se iba a ir al soberano carajo? Un viaje al pintoresco pueblo de Suchitoto desde la capital me llevó a extraviar mi cámara digital y parte de todas mis fotos tomadas en El Salvador. Para uno que viaja con pocos elementos tecnológicos costosos es un desastre perder la herramienta más útil para este blog y para documentar este proyecto, todo por un momento de despiste mientras intentaba buscar un baño para ese estómago que aún no me dejaba quieto. Al menos me quedo con el haber visitado la cascada de Los Tercios y esas fantásticas columnas basálticas que pensé sólo se encontraban en Irlanda y Escocia.

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Ya en la capital vino el estrés de buscar equipo nuevo, tarea titánica dadas las circunstancias de no tener un lugar fijo donde investigar y escoger la mejor opción, y es aquí donde aparece Silvia a salvarme el pellejo. Esta fantástica anfitriona de CS me dio un sitio en Santa Tecla, a un costado de San Salvador, y espacio suficiente para ejecutar mi búsqueda y al mismo tiempo darle a ella una degustación de esta vida de viaje con mis historias sin tener que sacarla del sofá de su casa. Juntos visitaríamos la plaza de la Transparencia (hogar de una interesante muestra de esculturas de la obra El Principito) y también alcanzaríamos la cumbre del volcán San Salvador, mejor conocido como El Boquerón. Para ambos el salir de nuestras actuales y estresantes realidades, si eso no es el principio básico de Couchsurfing no se lo que es.

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El siguiente movimiento en este viaje estomacal me llevaría a Santa Ana, hogar de Brayam y su madre Janet, perfectamente localizado ya que en aquella ciudad estaba el supuesto vendedor de mi nueva cámara. Esta hermosa familia y los dulces sabores de la cafetería que poseían eran el cielo para la amargura de los últimos días, que de no ser por el cariño y las risas de Silvia habría sido del terror. Es interesante lo mal que se habla de El Salvador en términos de seguridad y a mi me pareció un lugar tremendamente acogedor, donde el jalón en vehículos funciona de maravillas y donde todos se aprestan a socorrerte con el mismo miedo de verte vulnerable ante aquella delincuencia de la que temen. Queridos salvadoreños y salvadoreñas, sepan que los llevo profundamente en mi corazón.

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Para ser un país pequeño hay bastante que observar en El Salvador. Tenemos playas del pacífico a todo lo largo de su costa, ciudades coloniales con sus respectivos centros históricos, una magnífica red de volcanes y ruinas por doquier. El estreno de mi nueva cámara sería en la costa de Los Cóbanos, manejando en un viaje de un día hacia el occidente a hacer un poco de snorkeling y disfrutar de las bondades gastronómicas del océano, con quién más que con la mejor copiloto que este país pudo darme, mi amiga Silvia, para finalmente volver a la capital a recuperar los registros fotográficos perdidos una semana antes. Viajar me ha dado momentos de felicidad muy grande y creo que este día puede entrar fácilmente entre esos en que toda vibra lleva a sonrisas y buenos recuerdos. El estómago comenzaba a estar en paz.

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Hablando de ruinas nos encontramos frente al extremo oriente de la civilización maya, por tanto es común encontrar ruinas a todo lo largo del camino hacia Guatemala, corazón del mundo indígena. Un ejemplo de aquello son las ruinas de Tazumal en Chalchuapa y La Joya de Cerén, único Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en El Salvador. Ambas demuestran a su manera vestigios de hace más de 1500 años, muchos de ellos enterrados bajo las cenizas de numerosas erupciones volcánicas que el país ha resistido y que con la ayuda de la arqueología han vuelto a tomar forma. Ambas tienen un costo de 3 USD para extranjeros y son recomendables sobretodo si vas en dirección norte y no has visto las grandes ruinas mayas aún.

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En términos de precios El Salvador fue como volver a lugares de la costa pacífico de Sudamérica. A pesar de que los supermercados son costosos, todo lo que puedes encontrar en la calle será de un precio muy accesible y te da la oportunidad de salir del país con ropa nueva y habiendo probado todas las comidas por poco dinero. A pesar de que la moneda es el dólar americano, la mayoría de elementos se ofrecen por “una cora” (nombre salvadoreño para el “quarter”, la moneda de 25 centavos). Y San Salvador es el lugar perfecto para estas compras, siendo prácticamente un mercado ambulante con miles de personas vendiendo sus productos en plena calle. Eso si, sin importar el lugar o la situación, por la noche las pupusas eran sagradas ya que con menos de 1 USD podías quedar bien satisfecho.

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El final del camino me llevaría en un frustrado paseo al volcán Santa Ana y la laguna turquesa de su cráter debido al mal tiempo que me agarró de camino, última aventura antes de dejar el país hacia tierras guatemaltecas. Dejaría El Salvador con una mezcla de emociones que no vivía hace mucho, menos para un lugar en el que pasé menos de tres semanas. Intensidad fue la consigna, y mi estómago lo vivió desde los primeros momentos. Exactamente el día 17, cruzando la popular ruta de las flores (Juayúa, Salcoatitán, Apaneca y Concepción de Ataco) y en diez diferentes vehículos atravesaría la frontera para lograr la marca de 35000 kilómetros de viaje y además para llevarme conmigo a Paola y su familia, a Fher, a Silvia, a Brayam y su madre en mi corazón para siempre, porque fueron un ejemplo de lo valioso que El Salvador puede llegar a ser, un diamante en bruto que su gente pule a diario para eliminar el prejuicio y la mala prensa, y definitivamente un lugar al que volveré más temprano que tarde.

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