Michoacán bajo la mirada de Paco

Sorpresas van y vienen en todo momento. De una ilusión inicial de visitar al norte de la Ciudad de México ciudades como Guanajuato o las huastecas de Hidalgo o San Luis Potosí es que mi estado anímico y de salud corporal y mental me pusieron aquella señal roja con un enorme disco PARE. Estoy cansado y no da para llegar tan arriba para luego volver, había que dosificar sitios y escoger de la mejor manera. De esta forma todos los sitios antes mencionados fueron descartados para terminar armando la mochila después de tres semanas en la capital mexicana. ¿El destino? El estado de Michoacán y más específico, la ciudad de Morelia.

Llegar no fue difícil al tener las indicaciones correctas: metro en CDMX hasta Buena Vista, de ahí el tren suburbano a Lecherías y desde aquel punto una combi al peaje de Tepotzotlán. Desde el peaje comienza el ride a la capital de Michoacán.

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Vine a este lugar por recomendación de Laura, mi gran amiga de la Ciudad de México. Ella en repetidas ocasiones mencionó que, habiendo visitado todo el país, su ciudad favorita era Morelia. Al arribar noté rápidamente los atractivos de los que ella hablaba: el antiguo y maravilloso acueducto que cruza media ciudad, sus canteras color rosa que adornan cada rincón de su centro histórico y la maravillosa catedral, considerada entre las más bellas del mundo. Se dice que esta ciudad es especial porque la puedes observar y caminar entre sus calles de la misma forma y con la fachada casi intacta como lo hicieron tiempo atrás en el siglo XVI, cosa asombrosa para una historia latinoamericana de tanta destrucción arquitectónica en los últimos siglos. Particularmente fuera de la Catedral me recogería Francisco o “Paco”, mi anfitrión en esta parte de la travesía.

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No me sorprendió saber que el centro histórico de Morelia es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, tampoco que fuera la cuna de algunos de los más importantes íconos libertadores de México como lo es José María Morelos. Lo que me sorprendío y que yo desconocía completamente de esta zona del país es que era el lugar perfecto para vivir la celebración del día de muertos, la popular fecha que se conmemora los primeros días de noviembre de cada año y que atrae a muchos visitantes quienes desean beber un trago de esta experiencia tan tradicional de la cultura mexicana.

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Rápido, gracias a mi buen amigo Paco que hizo las bases de guía turístico, fuimos recorriendo las calles de Morelia en busca de los lugares más conocidos e importantes de la ciudad. La fuente más famosa de Morelia llamada las Tarascas es un imperdible absoluto, ubicado justo en el vértice donde comienza el largo acueducto que recorre media ciudad; también recomiendo de las innumerables iglesias que Morelia contiene darle un vistazo al Santuario de Guadalupe, con un ornamentado interior de infinitos colores que te dejará boquiabierto. Otros lugares que vale la pena mencionar son el Bosque Cuauthemoc con sus diferentes museos, la casa de Morelos, el mercado de dulces y artesanías, el Palacio Clavijero, y la plaza Valladolid que lleva el nombre con el que antiguamente se conocía a esta ciudad.

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Junto a Paco también aprovechamos la cercanía para irnos de roadtrip por un día a la zona más típica relacionada con el día de muertos. La primera parada sería el punto turístico más visitado los primeros días de noviembre, Patzcuaro, tierra indígena purepecha. Fundada por Vasco de Quiroga, el primer obispo de Michoacán y quién se encuentra enterrado dentro de la basílica de Nuestra Señora de la Salud en la misma ciudad. Sus muros blancos con rojo y sus tejas anaranjadas son elemento tradicional de la zona y su gastronomía es sin igual; es deber probar el uchepo, el ate y la corunda. Recomiendo dar una vuelta por la casa de los once patios, antiguo lugar utilizado por las monjas domínicas que hoy se sirve para exponer el arte de los lugareños. Gente de todos los alrededores de Patzcuaro vienen a la ciudad a ofrecer sus trabajos, desde el cobre de Santa Clara del Cobre, las guitarras de Paracho o el barro vidriado de Petamban.

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Cuando te encuentras en la cima de Patzcuaro y enfocas tu mirada hacia el norte verás el lago del mismo nombre y sobre él cuatro islas entre las que destaca Janitzio. Esta isla es fácil de identificar por la estatua gigante de Morelos que contiene en todo lo alto de su extensión y a la cual es posible entrar y subir hasta el puño para una panorámica inmejorable de Patzcuaro y todos sus alrededores. El cruce se hace en unas pequeñas barcazas con un valor de 70 pesos ida y vuelta y en que es posible revivir épocas pasadas al admirar a pescadores actuar el acto de pescar con redes en forma de mariposa. Si buscas el sitio más tradicional de todo México para vivir día de los muertos es Janitzio. Aquí, durante la noche del 1 de noviembre, se hace una procesión y la isla se ilumina por completo con luces y antorchas, y además se llevan ofrendas al panteón (cementerio) para recordar a los seres que han partido. Lástima que me adelanté un par de meses en la visita, pero las explicaciones de Paco y un poco de imaginación hace que casi pudiésemos vivir la popular celebración in-situ.

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El paseo continuó con una ida rápida a la Laguna de Zirahuen, al pueblo purepecha de Tzintzuntzan con su sitio arqueológico y sus olivos que cuentan fueron plantados por el mismísimo Vasco de Quiroga, y finalmente por Capula, hogar de la famosa artesanía mexicana conocida en todo el mundo como Catrina. La Catrina es aquella calavera vestida de mujer burgués creada por José Guadalupe Posada que representaba una crítica a quienes siendo pobres pretendían ser europeos debido a la forma de vestir. Treinta años después el muralista Diego Rivera la bautizó como Catrina en  el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” que se encuentra exhibido en Ciudad de México. Hoy la Catrina es un símbolo que representa la cultura mexicana y del día de muertos, y es aquí en el pueblo de Capula, a pocos kilómetros de Morelia, donde los artesanos dan vida a estas catrinas en barro o madera para ser enviadas a México y a todo el resto del mundo.

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Fue aquí en Morelia que rompí mi marca de 40 mil kilometros de viaje, un número importante porque simboliza el perímetro del planeta tierra. Mis agradecimientos a Laura por tan buena recomendación, me voy de Morelia con el corazón lleno y con un lugar en el que fácilmente podría vivir en un futuro no muy lejano. Al venir me hablaban de armas, peligro y cuidados y al irme yo hablo de belleza arquitectónica, generosidad de su gente y un ambiente muy acogedor.

Para finalizar, no quisiera terminar este texto sin dedicarle unas lineas a mi buen amigo Paco. Quisiera creer que no fue azar que Francisco y yo nos hayamos conocido en Morelia. A falta de hospedaje en la ciudad, él sin conocerme y con todos los temores que rondan a diario decidió hospedarme a última hora, a un desconocido mochilero por primera vez y sin mirar referencia de por medio. Y fue una experiencia que ambos no olvidaremos. Paco tiene 60 años hoy, es jubilado hace ocho años y ha seguido todos los plazos que la sociedad dice que debes seguir para disfrutar de tus sueños. Estudio Agronomía, trabajo en el área y luego en educación y tras 30 años de servicio (ojalá en Chile así fuese) jubiló para poder dedicarse a su pasión que era viajar, pero luego vinieron las enfermedades y cuidados de sus padres que requirieron su estadía prolongada en la ciudad. Hoy ellos han partido, no así Francisco y su sueño. Veo mucho miedo en su cuerpo, pero una voluntad de acero para romper con aquello. De un momento a otro Francisco recibe en su casa a esta persona que le habla de confiar y querer a los demás, de no temer a lo desconocido porque el mundo no es el que te pintan los diarios y la televisión y que por cada persona ruin en este mundo hay miles de buen corazón. Le habla de lanzarse a aquella piscina llamada vida porque es una sola y cada vez nos queda menos, y aunque el cuerpo a los 60 no responde como a los 30, nunca es tarde para salir a llenar esa alma de historias inolvidables. De hecho ya ha salido a Canadá y Estados Unidos para calmar aquel bichito viajero. Mientras Francisco perfecciona su inglés a diario, escucha atentamente sobre voluntariados alrededor del mundo (WWOOF, Workaway, Worldpackers) y se anima al saber que siendo agrónomo podría trabajar en ecogranjas alrededor del mundo. Sabe que con Couchsurfing podrá seguir hospedando viajer@s y que también continuará obteniendo la motivación que necesita para partir y dejar todo atrás, el dinero no es un problema ya que cuenta con una casa que puede arrendar y su jubilación. Que nuestros días recorriendo los alrededores de Morelia, Zirahuen, Patzquaro y Janitzio, Tzintzuntzan, Quiroga y Capula sean el principio de algo grande. Para nuestro encuentro fueron necesarias dos fuerzas, una que llegó mochileando desde Chile y otra que abrió su corazón y su casa a un inesperado visitante. Dos personas de mundos y edades diferentes que aportaron al otro lo que nos es conocido, nuestro tan diferente día a día. Parto de Morelia con la convicción de que Francisco más temprano que tarde tomará la carretera hacia lo desconocido. Su historia me recuerda a la de muchos adultos que dicen “ya pasó mi tiempo, estoy muy viejo para estás cosas”, y esta demostrado que no es así. Estoy seguro que mi buen amigo será otro ejemplo de que los sueños no tienen edad. Espero nos encontremos nuevamente por allá por África o Sudamérica haciendo lo que a ambos nos apasiona, porque así una vida merece ser vivida.

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One Response to Michoacán bajo la mirada de Paco

  1. Franciscovaladezalfaro dice:

    Gracias Hilton te agradezco tus palabras a cerca de mí, me haces sentir muy bien. Excelente texto narrativa perfecta te felicitó. Sólo corregir higueras por olivos en tzintzunzan.
    Cómo estas? Donde vas?
    Sigo con el inglés pase al 4to. Nivel.
    Un fuerte abrazo Hilton.

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