La costa oaxaqueña: Puro corazón

El volcán Popocatepetl y Puebla eran historia. Es en este lugar que comenzarían cuatro días de largo viaje desde tierras poblanas hasta la costa de Oaxaca, especialmente a la Laguna de Chacahua. A pesar de ser sólo 650 kilómetros, en México, debido a la accidentada geografía del paisaje,

las distancias no se miden en metros sino en horas y vaya que son muchas. Las colinas del sur de Puebla, la heroica ciudad de Huajuapan y el pueblo mágico de Teposcolula o las alturas de la Mixteca oaxaqueña fueron los primeros elementos que mis ojos vieron en el cambio de estado. Así también, pasar una noche acampando en pleno zócalo de l pequeño pueblo de Putla o en una casa abandonada en la infernal Pinotepa Nacional o incluso trabajar en un camión descargando mercadería en ferreterías fueron también situaciones que formaron parte de esta aventura que tardó nada menos que cuatro días de viaje. Viajé a dedo en vehículos de guerra descapotables, en un bus que transportaba artículos de feria, en un vocho con un director de la policía, entre las distintas opciones, y por aquellos caminos desconocidos que la población suele no recomendarte hacerlo. ¿Lo interesante? Sin pedir nunca absolutamente nada dormí, comí y me movilicé aquellos cuatro días con un gasto de 1 peso mexicano de mi bolsillo en total.

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Laguna de Chacahua

La primera parada en esta travesía costera sería la Laguna de Chacahua, de la cual venía escuchando muchas cosas buenas. Algo que me llamaba la atención sobre el lugar es que veía y veía mapas y no me imaginaba como era la geografía de la laguna, había que sólo llegar allá para entenderla. Claro, la laguna no es cerrada, sino que posee un brazo que cae directo en el mar, lo que hace que su agua sea salada. Para llegar a ella existen dos alternativas: la primera es desde el pueblo de Zapotalito, por el este de la laguna, debiendo pagar 40 pesos mexicanos por el cruce en lancha de otra laguna cercana y luego otros 40 pesos por la camioneta que te deja en Chacahua, mientras que la otra opción es tomar un vehículo desde San José del Progreso en el lado noroeste de la laguna por 50 pesos (yo lo hice a dedo) y así caer en el brazo de mar opuesto al pueblo de Chacahua. Desde este punto es sólo necesario pagar 10 pesos a un lanchero para que te cruce al otro lado y llegar a nuestro destino.

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Chacahua es un lugar económico donde es posible encontrar una cabaña desde 50 pesos la noche, cosa que pagué. Tenía la laguna en frente y la playa a 5 minutos caminando, algunas tiendas para comprar abarrotes y la libertad de un sitio con el mínimo de turistas. Chacahua es para relajarte, desconectarte y descansar, más después de cuatro días de viaje. Era momento de secar heridas, lavar el cuerpo porque el paraíso estaba metros de mis pies descalzos. No había internet (había que comprar fichas por hora si necesitabas), por lo que la conexión era con los locales, población afrodescendiente mezclada con la raza indígena de la zona y la prueba de que en México si hay negros, y en cantidades importantes. Aquí pasé mis tardes viendo a los surfistas domar las olas del lugar y las noches observando la bioluminiscencia y las lanchas que se dirigían al centro de la laguna a visualizarla mejor. El comienzo en Oaxaca no podía ser mejor.

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Puerto Escondido

La segunda patita de esta etapa me dejaría caer en Puerto Escondido, la ciudad más poblada de la zona. Hacía meses que no veía el Océano Pacífico, más específico desde mis alucinantes fines de semana acompañado en la costa salvadoreña. Parecía una eternidad, no sólo unos meses. Imagino que las experiencias vividas hacen relativo el tiempo, en este caso extenso. Olas potentes, una vida nocturna sin parar y lo que a mí me haría parar unos días aquí: sabrosas playas y la liberación de tortugas recién nacidas en playa Bacocho, actividad diaria a las 5 pm posterior a la temporada de anidación en los viveros que los voluntarios de la playa colocan para proteger las crías. Las tortugas me parecen un animal fascinante y la protección que existe de ellas en la costa de Oaxaca es vital para que año a año regresen a poner sus huevos a este litoral y poder participar de su liberación es algo sublime, al mismo tiempo que se aporta un dinero voluntario a quienes hacen esta tarea de monitorear desoves cada noche y luego recoger los huevos para su protección.

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Bahías de Huatulco

La tercera etapa me hizo pasar de largo otros 100 kilómetros hacia el este en dirección a las Bahías de Huatulco, la ciudad del turismo adinerado, pero que al igual que todo sitio es posible hacer a un presupuesto mochilero. Quedando con una maravillosa pareja de Couchsurfing en Adriana y Edgar, y posterior a un fuerte huracán que azotó la zona y desbordó varios canales dentro de la cudad, llegaba a Huatulco para conocer algunas de sus 9 bahías y 36 playas que la componen. Adi y Edi me daban a diario las indicaciones pertinentes para salir a caminar cada día a diferentes puntos, siempre con la mejor disposición y escogiendo sitios en función a mis intereses. Rápidamente notas que Huatulco es el sitio de los hoteles de lujo, los restaurantes de todos los tipos y las casas a las orilla de los acantilados. Puedes hacer paseos en lancha a través del mar a diferentes playas o como yo, a dedo desde la civilización, siempre con un éxito inesperado. Así conocí las playas el Maguey, la Entrega, el Violín, Santa Cruz y Chahue, la mayoría de aguas cristalinas y sin fuerte oleaje como venía sucediendo en Chacahua y Puerto Escondido.

Una historia simpática sobre Huatulco es que cuando volvía del faro principal y de la playa la Entrega a la que fui caminando más de 6 kilómetros porque nadie quiso llevarme a dedo, es que en el regreso un auto si decidió pararme, siendo esta Claudia y su madre, y con la coincidencia de que Claudia vivía en Huatulco con su novia chilena. Juntas administraban el restaurant “Rocoto”, lugar al que me invitaron cordialmente a visitarlas, cosa que claramente hice. Escuchar el acento chileno, las historias de amores y migraciones y reír con este par de chicas me despidió de un sitio que no pensé sería tan acogedor. Además, por ser un lugar costoso, me obligó a desplazarme a pie e ir al supermercado a diario para mantener el presupuesto, cosa que se agradecía considerando que llevaba 10 días de panza al sol.

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Mazunte

¿Qué puedo decir de Mazunte? El título de este post fue acuñado aquí, porque fue lo que cada uno de sus habitantes y visitantes entregaba en el diario vivir en este sitio, todo nuestro corazón al servicio del otro. En Mazunte quedé cerca de 10 días en casa de Myron, un canadiense muy especial que servía de voluntario en el centro de Yoga Hridaya del pequeño pueblo mágico, conocido por su onda hippie y muy espiritual. Participábamos de las meditaciones matutinas enfocadas en el ‘Quién soy’, hacíamos comidas comunitarias, tocábamos música cada día y salíamos por la tarde a la playa o a admirar los atardeceres que la Punta Cometa tenía para ofrecernos. Era el lugar ideal para bajar revoluciones y disfrutar de la paz que sólo Mazunte era capaz de entregar.

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En mis días en la casa común pasaron chicos y chicas de México, Rusia, Polonia, Irán, Argentina, Ucrania, Estados Unidos, de todos los lugares, y siempre se iban con una sonrisa y la satisfacción de encontrar en este refugio un hogar. Compartíamos una red de historias, amigos en común y futuros planes que nos hacía rápidamente compañeros, parte de una familia, cosa que para un viajero no es fácil de sentir. Los extrañaré de verdad, amigos, fueron probablemente las primeras vacaciones en muchos meses de viaje. No había obligación diaria de salir a conocer lugares o ver la arquitectura o nada que se le parezca, podría haber quedado aquí un mes si así lo deseaba y sin ninguna obligación más que aportar al grupo y nuestro bienestar. Gracias por hacerme parte de esto, de este respiro. Mazunte, puro corazón.

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Zipolite

Otra historia sobre las coincidencias que los viajes traen es la que ocurrió uno de los días que nos aprontábamos con la gente de casa a ver un atardecer más en conjunto en Punta Cometa, cuando de casualidad observo a mi derecha y veo a un sujeto barbudo de apariencia conocida. A pesar de ser corto de vista noté que él también me miraba, y si, lo reconocí. Era Nico, chileno que hace meses vengo siguiendo en sus redes sociales y que tal cual yo realizo, salió en su kombi transformada en casa a devorarse latinoamérica con el objetivo entre ceja y ceja: Alaska. Que coincidencia, que alegre coincidencia. Nico se encontraba en la playa Zipolite a sólo 3 kilómetros de Mazunte así que un par de veces fui a visitarlo a él y a su asombroso medio de transporte. Las coincidencias no pararían ahí, resulta que Nico y yo salimos con un día de diferencia desde Chile y ambos hacíamos tardado exactamente dos años y un mes para este súbito encuentro en las playas de Oaxaca. Abrazos y los mejores deseos para el futuro hermano!

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Ventanillas

Antes de partir de Mazunte quedaba una última experiencia que no estaba en ninguno de mis planes, pero que Myron quería que varios de nosotros vivamos. A pocos kilómetros de Mazunte se encuentra la playa Ventanillas, llamada así por una gigantesca roca exterior en el mar con un agujero en su interior formando una especie de ventana. Ventanillas alberga una laguna plagada de cocodrilos que en 2012 recibió la fuerza de un huracán que destruyó gran parte de la flora y fauna del sector, en su mayoría manglar que había que recuperar con el paso de los años, y eso es exactamente lo que los lugareños han hecho. Mientras tanto reciben visitantes que quieran recorrer esta laguna, observar los cocodrilos, aves e iguanas que ahí aún viven y mostrar los avances de la replantación del manglar en estos 6 años, trabajo que nuestra entrada patrocina.

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Con esto despedía la primera mitad de la aventura oaxaqueña, se venía algo por lo que venía esperando muchos meses, un sueño que estaba al borde de la realidad, vivir día de los muertos en México. Oaxaca capital, ahí voy!

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