De Lima a Conce: porque volver también debe ser una aventura

4150 kilómetros. Esa era la distancia que debía recorrer desde la capital del Perú hasta mi hogar. Por primera vez tocaría suelo peruano llegando desde el aire, teniendo que volar desde Cancún, México para así dar fin a este viaje que ya acumulaba 26 meses y fracción. Aquella noche que volaba no podía dormir, decidí irme tres horas más temprano al aeropuerto para esperar allá el regreso. Un vuelo sin novedades que me permitió dimensionar lo lejos que junto a mi mochila llegamos desde Talcahuano, Chile. Lo más lejos que creo haber llegado fue Michoacán en México, en lo que han sido más de 44 mil kilómetros hasta este punto.

Esta vez aterrizaba en Lima con una sola premisa: Llegar a casa en un plazo máximo de 18 días. No sabría donde parar ni por cuanto tiempo. Las circunstancias y la improvisación marcarían la pauta de los próximos días.

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Apenas arribé a Lima vinieron a mi cabeza recuerdos de hace 4 años atrás en que vagabundeaba por estas calles en búsqueda de sabores y colores. Y si, recordé lo buena que es la comida en el Perú, sea o no comida local. Desde el lomo saltado con ceviche hasta las multitudinarias chifas asiáticas es que me pasé mis primeras horas de vuelta en Sudamérica sólo degustando platos como si no hubiese un mañana. Entre restaurantes y restaurantes pasé fuera de un terminal de buses que me hizo arreglar rápidamente un viaje a Arequipa a precio muy económico. Quedaban tres horas para salir, era momento de tragar.

Desperté justo en el cruce que debía descender, unos 50 kms antes de arribar a Arequipa. Bajamos junto a unos venezolanos que se dirigían a Chile, por lo cual no fue difícil negociar un valor con el próximo bus para llevarnos a todos juntos a Tacna y de ahí a la frontera. Mi estadía que sería de 4 o 5 días en el país vecino se convirtió en sólo 25 horas en las cuales pasé más del 80% arriba de un bus. Estaba de vuelta en Chile.

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Que extraño fue volver a mi país después de un par de años fuera. Que difícil es ver lo mucho que hemos cambiado como sociedad chilena y personalmente durante la ejecución de este proyecto mochilero. Arica es una de mis ciudades favoritas de Chile, por lo cual sabía que podía disfrutar en este lugar tranquilamente los días que dejé de lado en el Perú. Era hora de encontrar a esas amistades perdidas en el tiempo y volver a una de mis actividades favoritas: los reencuentros. Reencuentros con las playas del pacífico, con Karina y con Cristian, con los completos y las empanadas, con el morro de Arica que me despidió en 2014 después de recorrer Chile de punta sur a punta norte, y hoy me daba la bienvenida nuevamente a Chile. Que emoción..

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Tras un par de días en la ciudad de la eterna primavera correspondía partir a Antofagasta, a unos 720 kilómetros al sur. Si hubiese estado en México o Centroamérica, cubrir una distancia de ese largo me habría tomado dos a tres días, pero en las aisladas carreteras del desierto de Atacama era un día más que suficiente para tamaña proeza. En Antofa me recibiría Víctor y su hermosa familia, una de muchas que gracias a su buena onda siguiendo el viaje te otorgan fuerzas cuando a veces el cansancio es insoportable. Porque son tremendamente importantes, sépanlo. Además, tal cual aconteció cuando vine hace cuatros años, Víctor fue mi guía turístico en la zona llevándome a sitios que la vez pasada omitimos, como lo es la caleta Juan López y los alrededores de la Isla Santa María.

Siempre me han llamado la atención los lugares donde el océano y el desierto se tocan, algo nada común para quienes somos del verde sur chileno. ¿pensaremos que el frío del mar derretirá las calientes arenas del desierto? La cantidad de residuos que deben caer sobre el mar desde las alturas cordilleranas cuando llueve allá arriba deben terminar todas en este borde costero, de sólo imaginármelo se me pone la piel de gallina.

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En Juan López encontré un agradable rincón rodeado de mar y con un gigantesco cerro detrás que forma parte del Parque Nacional Morro Moreno. Una caleta que me rememoró a Lenga, en Hualpén, al sur de Chile. Una escapada para quiénes encuentran de Antofagasta un lugar demasiado fundido bajo el ritmo de una metrópolis que cada día recibe a más habitantes entre inmigrantes y faeneros mineros. En la costa que baña a la Isla Santa María, en cambio, encontramos abandono, humano y canil. Dos postales muy diferentes que me llevo de esta visita a la región. Bueno, esas y el encuentro con el CCCondell post final de la Libertadores en Madrid.

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Al salir de madrugada de Antofagasta, por primera vez, comencé a sentir ese aire costeño frío que caracteriza a mi país. Con escalofríos de remembranza levantaba mi pulgar para encontrar al siguiente viaje, el cual no tardé mucho en conseguir. Buena noticia, considerando lo implacable que es el desierto de Atacama, el más árido del planeta. Continuaba sin plan determinado, sólo dejando las acciones fluir sobre la arena. Les seré muy honesto, olvidé el nombre del camionero con quien hice este viaje de más de cerca de 450 kilómetros, pero no olvidaré el delicioso sandwich que me compartió para acompañar mi yogurth, ni de la parada en Taltal a simplemente boludear y admirar el paisaje, ni menos del otro par de pasajeros que levantamos en dirección a Santiago. A nuestra frente sólo un infernal calor y la tranquilidad del desierto.

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El camionero viajaba hasta Santiago, el cual era el final de mi camino, por lo tanto hubo que mover las cosas un poco. El día a ratos despejaba y a ratos se nublaba sin disminuir el calor, por lo cual dejé la decisión final sobre si parar en Bahía Inglesa al clima. Imaginaba que las aguas turquesas por las cuales son conocidas sus playas no serían tales si el día está completamente cubierto. Para mi fortuna, tras cruzar Chañaral, todo hacia adelante era celeste y amarillo.

Bahía Inglesa era un pendiente en mi ruta chilena. Venir a este sitio en una mañana de día laboral hizo que estuviese prácticamente vacía comparada con lo que debiese encontrar a mediados de febrero. Si adoraba la relación océano-desierto, no se imaginan lo absolutamente zafado que quedé con este paisaje. Entiendo, vengo recién aterrizando desde las playas del Caribe, pero entenderán que ver este paisaje tan cerca de casa es diferente. Y fue aquí donde dí mi primer baño de mar de vuelta en playas chilenas. Se hacía tarde, no tenía donde dormir, pero ya habría tiempo para resolver aquello.

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Desde Bahía Inglesa conseguí rápidamente un viaje a Copiapó, ya que las salidas del pueblo hacia el norte y hacia el sur son distintas. Acá realicé la táctica “Lima-Perú” y me fui a comer a un lugar cerca del terminal de buses, sólo en caso de encontrar algo interesante, cosa que así fue, ya que después de un par de horas en la ciudad conseguía llenar mi estómago y además un viaje nocturno económico a La Calera, para así desviarme y visitar los alrededores de Valparaíso. Fue un trámite corto mi querida Copiapó. Como diría Truman, buenos días, buenas tardes y buenas noches.

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A pesar de que a esta altura de Chile el desierto ya había acabado, mi próximo destino contaría básicamente con los mismos elementos: arena y mar. En esta ocasión las dunas de Concón albergarían el siguiente lugar tachado de mi larga lista de destinos chilenos por conocer. Bajo la compañía de Ale, mochilero y artista de calle de elección, con quienes cruzamos caminos allá donde los horizontes son separados por enormes tepuyes de millones de años de antiguedad. Los paisajes de Roraima fueron considerados nuestro hogar por cerca de dos semanas en la gran sabana venezolana y hoy podíamos compartir todo lo acontecido desde entonces a la espera del atardecer en las dunas. Más de aquellos ansiados reencuentros que tanto disfruto. Esperemos la próxima oportunidad sea a miles de kilómetros de este lugar.

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Ya en Quilpué estamos en territorio urbano. No más autostop, la cuenta definitiva llegó a 786 vehículos en poco más de 800 días de viaje. De aquí en más, todo era en bus, porque parece que la comodidad mochilera llegó para quedarse. Una micro y llegaba a un Valparaíso algo más limpio de lo usual, pero igual de artístico y patrimonial, con tus muros de colores gritando al mundo por atención y con tu gente amable y luchadora por doquier, tanto así que mi recibimiento fue en medio de protestas portuarias por las cuotas de arrastre de los mariscos. Lo único que fue necesario en mi centésima visita a Valpo fueron unas cervezas heladas en las rocas de muelle Barón, mi buen amigo Eduardo y el sonido de las marejadas que aproximan la marea hacia nosotros. Era hora de la última estación, la estación capital.

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Qué puedo decir, no fueron ni cerca de 18 días los que tarde en hacer todo el recorrido, supongo las ansias de volver eran más grandes. Pasé mis últimas jornadas en Santiago de Chile encontrándome con viejas amistades añejadas en roble, volviendo a la vieja rutina de los sandwiches y las papas y el pan y el choclo y el café instantáneo y los porotos (frijoles) como sopa y no como acompañamiento, etc. Aún llevando algunos días en el país me cuesta creer estar pisando suelo capitalino después de tanto tiempo y lo rápido que todo ha sido desde Cancún hasta acá considerando que el viaje de ida fue tan extenso. Veo estos altos edificios, las comodidades y los precios y no creo pertenecer a este mundo. Hoy es un Santiago maduro y completamente misturado de nacionalidades, algo que me alegra en demasía.

Económicamente somos afortunados y no lo sabemos, no lo dimensionamos ni por si acaso. Y no por nuestro esfuerzo, sólo por nacer en esta tierra donde la corrupción callejera o el tráfico de drogas se mantiene medianamente a raya y dónde la economía tiende a ser estable gracias a la minería del norte, pero no se, miro alrededor y veo esta sociedad como algo ajeno a mis propios gustos. He vuelto como un ciudadano del mundo que cree poder aportar más en otras estructuras sociales, donde el dinero no sea precisamente el objetivo de cada uno, donde la cooperación sea más importante que el triunfar a costa de quien está a nuestro lado. ¿Una utopía? Quizás..

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Despido esta entrega y este viaje con un grupo de gente que durante el viaje se hizo parte importante de mi día a día, un grupo de viajer@s que me ha inspirado y que espero se puedan sentir orgullos@s de tener a un socio como yo entre sus filas. Somos los Chilean Travel Bloggers de la Agrupación Chilena de Blogueros de Viaje y me siento tremendamente honrado de pertenecer y ser el mochilero a dedo del grupo. Una tribu viajera que les recomiendo seguir en este instagram.

Finalmente, un bus a Concepción sería mi último traslado en lo que fueron 809 días apostando por la ruta. Hoy siento que podría escribir un libro de tantas historias que guardo conmigo, disfruté cada minuto del viaje, los buenos y malos momentos, cada uno dejó una huella en mí y el sentimiento de devolver cada gentileza que se me fue presentada en el camino. Gracias, los llevo a todos en mi corazón. También a quienes han apoyado de verdad (no sólo por aparentar) este proyecto desde que se han unido a mi travesía y me lo han hecho saber cada segundo, quisiera poder abrazarlos a todos. Estaré 5 meses en casa para descansar y permanecer con mi familia, porque a pesar de todos los hogares que me hicieron parte de sus familias por algunos días no hay lugar como la propia, y cagar en tu propio baño, claro está. Que tengan un bello año 2019.

“De nuestros miedos nacen nuestros corajes y en nuestras dudas viven nuestras certezas, los sueños anuncian otra realidad posible, y los delirios otra razón, en los extravíos nos esperan hallazgos porque es preciso perderse para volver a encontrarse”.

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2 Responses to De Lima a Conce: porque volver también debe ser una aventura

  1. Bienvenido a casa de nuevo amigo!, disfruta de Chilito y sobre todo de tu familia que de seguro te ha extrañado un montón todo este tiempo que estuviste por ahí solo mochileando por el mundo…

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