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Natales, hogar del Milodón

Para salir de la isla de Tierra del Fuego, el bus en el que me transportaba desde Ushuaia tuvo que cruzar el Estrecho de Magallanes por el sector llamado Punta Delgada, en lo que fue un trayecto de 6 kilómetros en la barcaza «Fueguino». Habiendo desembarcado a suelo continental, restaban cerca de 5 horas para el próximo destino que era Puerto Natales, dónde ad portas de arribar ya observas su intrincada geografía, que incluye parte de Campos de Hielo Sur y los Andes orientales.

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Puerto Natales se encuentra a orillas del canal Señoret, en el Golfo Almirante Montt, región de Magallanes. Es la capital de la provincia de Última Esperanza, bautizada así por el navegante Juan Ladrillero que la catalogó, en uno de sus viajes, como su «última esperanza» de encontrar el Estrecho de Magallanes desde el norte al sur. La ciudad es conocida por ser la puerta de entrada a la octava maravilla del mundo, el Parque Nacional Torres del Paine, pero de eso les contaré más adelante.

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Por suerte y tras haber pagado por estadía en Puerto Williams y en Ushuaia, en Natales tenía a Dalí, una compañera de la vida y gran amiga que vivía en la zona hace unos meses y dónde podría alojar. Además, de inmediato al llegar recibía buenas noticias, ya que Andrew, estadounidense que había conocido en Isla Navarino, también estaba acá. Dos semanas de viaje y la suerte continuaba firme a mi costado.

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Tenía un par de días antes de comenzar la ruta a las Torres del Paine por lo que el primer día decidimos junto a Andrew arrendar un par de bicicletas e ir al Monumento Natural Cueva del Milodón, en un recorrido de 48 kilómetros. El Milodón es un animal prehistórico, especie de perezoso gigante símbolo de Puerto Natales, debido a que hace 18000 años vivió en esta zona. Los primeros 16 kilómetros del trayecto son maravillosos, porque te encuentras con una carretera en muy buen estado y casi sin tránsito, así que puedes sentir el viento en la cara al conducir sin manos por varios minutos. Los últimos 8 kilómetros son de un ripio sin mayor dificultad, pero con varios desniveles. Al final, tras un par de horas de cycling estábamos en nuestro destino.

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Al llegar notas de inmediato que el sitio es más que una sola cueva, de hecho son tres (Cueva grande, cueva del medio y cueva chica), además de tener senderos hacia impresionantes miradores. Comprende 190 hectareas y para ingresar se debe cancelar 2000 pesos para chilenos y 4000 para extranjeros, con derecho a estar el tiempo que gustes en cada atracción y de disfrutar de zonas de picnic. La Cueva del Milodón debe su nombre a que en 1895 el colono Hermann Eberhard la visitó y descubrió en ella un extraño cuero con gruesos pelos, piel del animal extinto llamado milodón.

La Cueva del Milodón, además, ha sido una rica fuente de estudio para distintas ciencias (como la geología, arqueología y paleontología) ya que los hallazgos aquí realizados han ayudado a conocer la historia de los últimos 18000 años en la Patagonia. Por ejemplo se descubrieron las avalanchas submarinas que dieron origen a los cerros aledaños a la cueva, se encontraron rastros de megafauna distinta al milodón, como el Tigre dientes de Sable o el Macrauchenia (similar a un guanaco), y se caracterizaron los primeros habitantes que llegaron al área hace cerca de 11000 años.

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Junto a Andrew nos dirigimos en primer lugar a la Cueva Grande, pasando por un sendero dónde puedes saber sus secretos a través de paneles que te cuentan la historia de las distintas rocas, animales y hombres. La cueva tiene 200 metros de profundidad y es acogedora. Por suerte para nosotros no había nadie más en el lugar así que disfrutamos de esa maravillosa paz que sólo el Eco del lugar rompía si gritábamos mucho. Al final, y aprovechando la soledad del lugar, aprovechamos almorzar en la cueva misma, a un costado de la estatua de muestra del protagonista del lugar, el milodón. Obviamente haciendo toda clase de juegos con él.

Saliendo de la cueva mayor, tienes inmediatamente un sendero de 650 metros de largo que te lleva al mirador ubicado en el techo de la misma cueva. Desde ella aprecias el paisaje del seno de Última Esperanza, así como las majestuosas montañas y glaciares que lo rodean. También, y muy interesante, es ver como el agua y el hielo fueron dejando huellas en el paisaje.

Por tiempo (ya que la zona cuenta con muy pocas horas de luz natural y nosotros montábamos bicicletas) no hicimos la ruta completa que contempla más de 4 kilómetros de recorridos por zonas de bosques y matorrales, y ver lugares como la cueva del medio, la cueva chica y la silla del diablo, por ejemplo, pero valió totalmente la pena el esfuerzo físico para haber conocido la mayor caverna de Magallanes y uno de los sitios paleontológicos más importantes de América del Sur.

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Al volver Puerto Natales, Andrew me presentó a Lisa y Jason, dos aventureros ingleses que con el motor entre las piernas planean dirigirse desde Ushuaia a Alaska, y quiénes iban a ser nuestros compañeros en las Torres del Paine. Su aventura está registrada en el sitio www.twowheelednomad.com.

Cortesía de Jason Spafford - www.twowheelednomad.com
Cortesía de Jason Spafford – www.twowheelednomad.com

El último día previo a dejar Puerto Natales recibimos una invitación de Kineret, guía de hotel que hacia tours a Torres del Paine y que sufrió un accidente a fines de 2012, de asistir a un bingo a beneficio a su rehabilitación, ya que quedó paraplegica y actualmente se traslada en silla de ruedas. Por supuesto fuimos con Andrew, Lisa, Jason, e incluso Dali y sus compañeras de trabajo y lo pasamos muy bien, compartimos con ella y luego nos invito a un bar para el post. Cuanta actitud y positivismo por algo tan milagroso como volver a caminar, admirable. !Toda mi fuerza y apoyo Kine!

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En fín, días hermosos en una ciudad cautivante. Quedaba pasar una noche más antes de partir al plato fuerte de la zona, la octava maravilla del mundo moderno.

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