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Altibajos en la costa uruguaya

La gente en Uruguay los va a tratar de maravillas. ¿Y viajan a dedo? Seguro los levantan pronto, todos van hacia Montevideo. Así nos despidieron de Santa Ana, con la seguridad de que todo lo que se aproximaba iba a ser tan sencillo ccomo levantar el pulgar y escoger a que auto subir. Pero supongo que para dos hombres altos haciendo esta disciplina no iba a ser tan fácil. Estábamos a sólo 150 kms de la capital uruguaya, y lo que en bus nos habría tomado dos horas, a dedo significó hacerlo en dos días. El primer día, bajo el sol más ardiente de toda nuestra estancia en el país, quedamos varados a las afueras de la ciudad de Ecilda Paullier, a unos 80 kms de Montevideo, lugar donde decidimos acampar a un costado de la carretera.

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El segundo día nuestra suerte parecía no cambiar, por tanto decidimos separarnos y «jugar» a ver quién de los dos alcanzaba primero el aeropuerto de Carrasco, a la salida de la capital oriental. Rápidamente tomé la delantera en un pequeño y lento camión que vio pasar en unos minutos a Wlady en un auto muchísimo más veloz. Bajé en el peaje de entrada al departamento de Montevideo y ahí nuevamente mi suerte se agotó. Pasaron horas y horas y el único que parecía interesarse en mi era el mismo sol del día anterior, asándome sin parrilla. Bueno, la historia termina conmigo tomando un par de buses para arribar por la noche al terminal Tres Cruces y de ahí al aeropuerto, lugar donde Wlady me esperaba hace ya unas horas.

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Para quiénes no saben, los aeropuertos son lugares ideales para dormir cuando no tienes un lugar donde hacerlo, sobretodo en ciudades grandes. La mayoría de ellos cuentan con servicios de baños, wifi, temperatura controlada y una que otra banca acolchada donde instalarte. Cocinamos a las afueras del aeropuerto y de repente una luz nos encegueció.

– ¿Qué hacen, jovenes? – dice un policía
– (Cagamos) Ehh.. somos mochileros y tenemos vuelo mañana temprano (mentira), por tanto quedaremos acá – respondimos
– ¿Pero van a acampar aquí? Eso no es posible – dijo otro policía
– Nooo, dentro del aeropuerto, ahora estamos sólo cocinando – contestamos apuntando a la colchoneta de Wlady que tapaba la olla para que el calor no se disipara
– Ahhh.. ¿Puedo ver? Uhhh que bien se ve.. ¡que tengan unas buenas noches!

Ahí quedamos, helados, hasta mi cuello y mis orejas insoladas por el sol estaban congeladas. Supongo que ese arroz con atún tuvo un sabor especial, aprobado por la policía del país. Tras eso dormimos, despertamos y continuamos la marcha. Nos recomendaron seguir al este tomando un bus hacia la localidad de Floresta y ahí comenzar el dedo. Al bajar, divisamos una playa de arenas muy blancas a lo lejos y decidimos ir a verla. Se trataba de Las Vegas, pero en este lugar no habían casinos ni luces, sólo la tranquilidad que una hermosa playa para dos personas puede dar un lunes por la mañana. Durante nuestra estadía en aquel lugar nos hicieron compañía unos peces que tal cual bailarín chapoteaban sobre el río, y también unos graciosísimos cangrejos que eran los absolutos dueños del lugar. Me acosté sobre la playa, sentí el viento circulando los minúsculos granos de arena sobre mi cuerpo, y me desplomé a dormir. La paz hecha lugar.

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Ese día el autostop comenzó tarde y nuevamente separados, e idénticamente al día anterior, sólo uno de nosotros dos corrío con suerte, y esta vez fue mi turno. Me levantó Martín, un argentino que conducía un camión de colchones y que, al igual que yo, se dirigía a Maldonado. No más insolación, burlas y bocinazos en la carretera, hoy un sólo vehículo me dejaría en mi destino final. Pasamos por fuera de Punta del Este y antes de llegar a la meta me regaló un puñado de marihuana, y no exagero, un puñado entero. Así es la gente en este país, relajada y servicial, pero a veces muy relajada, me decía.

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En el terminal de Maldonado nos esperaría Anibal, un buen amigo que se hospedó hace 3 años en mi casa gracias a Couchsurfing, y que hoy tendría la oportunidad devolverme el favor, quedándonos unos días en su hogar en Manantiales con Wlady y la esposa americana de Anibal, Mía. Ya sabía lo que era una casa de veraneo, pero Uruguay me enseñó lo que eran pueblos enteros de veraneo, y Manantiales era uno de ellos. Un lugar que durante 3 estaciones del año no posee mas de 5 casas habitadas, mientras que en verano se plaga con sus dueños y el resto de turistas. Hoy por hoy, un pueblo fantasma.

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Cuando pensábamos que nos quedaba sólo relajarnos en Manantiales y dejarnos llevar por la paz del lugar, el clima hizo su presencia en esta obra, y no fue en cualquier estado: vientos con velocidad de huracán acecharon la costa uruguaya durante dos días completos, lo que nos obligó a enclaustrarnos y disfrutar de una buena cena y un buen porro de marihuana. La vida misma..

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El regreso de los días de sol en la zona permitieron una vuelta para conocer La Barra, Maldonado y la más turística de la zona, Punta del Este y sus famosos dedos. A través de uno de los puentes mas extraños sobre los cuales pasé en mi vida, llegamos a la península que separa las aguas del Río de la Plata con las del Océano Atlántico. Playa Brava y Playa Mansa eran bautizados ambos extremos salinos, y una caminata por el área nos entregó nada más que otra ciudad de veraneo total, pero para bolsillos más acaudalados. Una ciudad que ya no le pertenece al uruguayo, sino al turista extranjero. Si eres local y no abres un negocio que atienda al turismo, creo que en Punta del Este lo pasaras muy mal.

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En Punta del Este recibimos con Wlady una invitación para conocer el Club Canábico de la ciudad, lugar en que un cierto número de miembros reciben cantidades de marihuana legal para consumo. Estos lugares pueden plantar hasta 99 plantas de cannabis (a diferencia de las 6 que un ciudadano común puede tener) y  proveerle a sus socios a un precio preferencial. Hoy por hoy, lo de Uruguay y la marihuana es una conexión casi total.

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Así finalizábamos nuestro periplo por la ruta interbalnearios y el departamento de Maldonado, con el pronóstico del tiempo pegado a nuestra frente y con algunas dificultades para agarrar un buen dedo, pero con la convicción de que la gente del Uruguay tiene un corazón gigante y que tarde o temprano nuestra suerte cambiaría.

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