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Isla Mocha: el secreto mejor guardado

Volver a casa fue tener que comenzar todo desde el principio nuevamente, y hacerlo sin estar del todo saludable lo ha hecho un desafío aún más grande. Me quedaré en Talcahuano hasta recuperarme del todo, aunque eso me tome muchos meses, porque he aprendido que la vida no se mide en minutos ni segundos, sino que se mide en momentos, y desde que comencé este proyecto de viajes mi corazón se ha enriquecido de sobra.

Eso sí, debo ser franco: mis pies me piden a diario no quedarme quieto. Al contrario, me piden hacer actividades para cambiar la rutina y si es posible, realizar uno que otro pequeño viaje por algunos días. Es así, que aprovechando mi mejoría de salud y la ida de un amigo a un lugar que hace años quería conocer, me encontré planificando una mini travesía a la Isla Mocha, a sólo 3 horas de distancia de mi hogar.

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Isla Mocha está ubicada en el centro/sur de Chile, en la región del Bío-Bío y en las costas de la provincia de Arauco, una zona conocida por albergar numerosas comunidades mapuches. La isla está situada a 35 kilómetros de la ciudad de Tirúa y cuenta con poco menos de un millar de habitantes, quienes viven preferentemente de la pesca, la ganadería y el turismo.

Para quienes gusten visitar Isla Mocha, deben arribar en primer lugar a Tirúa, a la que pueden llegar en bus directamente desde Santiago (8 horas) o desde Concepción (3,5 horas). Ya en Tirúa, deben dirigirse al aeródromo de la ciudad para tomar la avioneta que los traslade a la isla. Esta experiencia aérea sobre el Océano Pacífico tarda unos 15 minutos y tiene un valor de 20.000 pesos chilenos.

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El motivo de la ida a Isla Mocha era que Pablo, un amigo mío, debía investigar el extraño y popular fenómeno llamado “mar en llamas”, que consiste en numerosas emanaciones de gas natural que la isla posee en algunas de sus costas. Esto permite que, haciendo un agujero a escasos centímetros de la playa y con una chispa, sea posible encender una pequeña fogata desde el fondo de la tierra. Luego aprenderíamos la importancia vital de estas emanaciones para los habitantes de Mocha ya que, gracias a generadores, convierten el gas en la electricidad que alimenta sus hogares e instalaciones de forma gratuita.

Tras hacer noche en las cercanías del lago Lleu-Lleu, hicimos dedo a Tirúa en dirección inmediata al aeródromo. Al llegar vimos que no éramos los únicos con intenciones de volar a Isla Mocha, ya que Claudio de Santa Bárbara y Sebastián de Punta Arenas hacían de la paciencia una costumbre. Tenían el dato de un camping en el sur de la isla, alejado del pueblo, dónde decidimos instalar el campamento del grupo completo. El vuelo fue tranquilo y a poca altura, pero siempre con una pequeña cuota de nerviosismo al recordar el accidente de avioneta en el año 2013 que costó la desaparición de 5 personas incluyendo el piloto residente y experto, Mario Hahn.

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Ya en Mocha, nuestra anfitriona Silvia Manquehual nos condujo en carretón a la zona de camping, aledaña a su hogar en el sector sur de la isla. Una mujer sencilla, servicial y dispuesta a ayudarnos en lo necesario para hacer de nuestra estancia un goce. Isla Mocha posee 14 kms. de largo por 6 kms. de ancho y en su corazón cuenta con la Reserva Natural Isla Mocha que cubre el 45% de la isla. Por sus caminos de tierra (que bordean la isla casi en su totalidad) transitaban carretones, motos y una que otra camioneta, estas últimas bastante útiles para hacer dedo.

Armamos las carpas y nos fuimos a caminar por la zona sur de la isla, un sector poco habitado y dónde nos dijeron podría estar una de las 4 emanaciones de gas de la isla. Mientras la buscábamos cruzamos el eco-hotel, propiedad del hijo de Mario Hahn y que cuenta con su propio hangar y pista de aterrizaje, así como numerosos pescadores artesanales que en este momento se dedicaban a la extracción de luga, una alga común de las costas del sur de Chile.

De vuelta disfrutamos de una de las maravillas de la isla: su variedad de pescados, mariscos y carne a bajo costo. Durante el primero de muchos asados, Silvia y su marido Ericko nos hablaron un poco sobre las historias que envuelven a la isla, entre ellas la que relaciona a Isla Mocha como un sitio sagrado para la religión Mapuche. Cuenta la leyenda que el Trempulcahue, que corresponde a cuatro criaturas sobrenaturales similares a ballenas, trasladan las almas de los muertos a este lugar sagrado para luego convertir las ánimas en espíritus y desde dónde partirían hacia la lejana “región de occidente”.

Isla Mocha, además, cuenta con historias de conocimiento colectivo mundial. Entre ellas la visita de numerosos piratas de Holanda e Inglaterra que utilizaban la zona para abastecerse. Entre ellos, Oliver Van Noort o Francis Drake, quién incluso habría recibido un corte en su rostro durante un combate. Es así que hasta el día de hoy existe gente que llega a la isla en busca de tesoros.

Pero la historia más importante que hace alusión a Isla Mocha habla sobre el famoso cachalote macho albino que en el siglo XIX hizo de los alrededores de la isla su hogar. Este ejemplar, gracias a su increíble fuerza y tamaño sobrevivió por décadas a las embestidas de los barcos balleneros, y que en un viaje fallido al polo sur habría inspirado al norteamericano Jeremiah Reynolds a publicar en 1839 un artículo llamado “Mocha Dick or the White Whale of the Pacific”. Habría sido de este texto que Herman Melville utilizó de modelo para escribir su obra maestra literaria que finalmente sería llamada Moby Dick.

Volviendo a la realidad, el segundo día salimos a conocer el Faro Viejo, ubicado en el extremo izquierdo de la isla y que data de fines del siglo XIX. Recorrimos el mismo camino que el día anterior, circulando a través de miles de vacunos destinados a terminar lamentablemente en la mesa de alguien. Al besar la esquina suroeste lo divisamos a lo lejos, majestuoso. Teníamos frente a nosotros al, según los lugareños, segundo faro más antiguo de Chile.

En esta parte de la caminata cada uno tomó su rumbo para llegar el Faro. En lo que podría haber sido una inconsciente competencia por tocar ese candil de marineros, pudimos reflexionar en soledad sobre la belleza del lugar y obviamente los motivos propios que cada uno tenía de estar ahí. Fui el último en arribar a la torre, dónde compartimos un breve y sabroso almuerzo con la melodía del oleaje del océano, mientras el Faro Viejo nos daba sombra y miraba al occidente, cómo si esperase alguna embarcación desde Nueva Zelanda o la Polinesia.

No quedaba tiempo para darle la vuelta completa a la isla, por lo que hubo que atravesar la Reserva Natural, esa cadena montañosa cubierta de bosque nativo que adornaba el interior de Isla Mocha. La Reserva, que en su punto más alto alcanza 390 msnm, cuenta con varios senderos y la posibilidad de visitar dos lagunas, pero por ser verano y estar en temporada de sequía se encontraban secas. Luego nos recomendarían los lugareños en repetidas ocasiones que la mejor época para visitar la isla es en invierno.

El asado de esa noche serviría para organizar el último día completo en la isla. Quedaba pendiente la punta norte que no había sido posible rodear el día anterior. Por suerte encontramos transporte para hacer gran parte del camino y así tener más tiempo para visitar. Es en el sector norte de la isla que encuentras el embarcadero, carabineros, la posta, la iglesia, la mayoría de los hospedajes y los únicos dos negocios y botillerías de la isla.

Llegando al extremo superior llamado Lobería, y cruzando una arboleda otoñal con tintes de siniestro túnel, topamos con un cerro que en su tope modelaba un pequeño faro automático. No hubo que decir nada, nos miramos y corrimos a conquistar esa cima. ¿El premio? Subir al faro y encontrarse con una panorámica sin igual, una luna llena que comenzaba a aparecer y el comienzo de nuestra despedida de Isla Mocha. A Pablo no le importó no haber visto ninguna de las emanaciones que había ido a estudiar, porque eventualmente volvería. En ese momento sólo importaba mirar al horizonte y pensar en el ahora. Y ese ahora era bellísimo.

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