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Regreso a Las Vegas rodando en la Ruta 66

Recuerdo la primera vez que escuché una mención sobre la Ruta 66 en mi vida. Fue en una canción del argentino Norberto Napolitano, alias Pappo, hace unos años atrás, durante la previa de un recital de La Renga con amigos en Santiago de Chile, y justo entrando en la onda musical motoquera. Una época de mucho Born to be Wild, mucho Easy Rider, mucho arte relacionado con un motor entre las piernas y la carretera al infinito. Recuerdo, también, estar tarareando aquella canción por la mañana de este día, esperando cumplir el sueño de rodar por la carretera madre de los Estados Unidos.

Nos dirigíamos de vuelta a Las Vegas, Nevada, pero gozábamos de tiempo suficiente para cualquier gusto que creyéramos merecido tener. Y éste era uno que, tras el amanecer, fuimos en busca.

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La Ruta 66 es una carretera que formó antiguamente parte de la Red de Carreteras Federales de los Estados Unidos. Su longitud es de casi 4000 kilómetros y está emplazada en 8 estados, desde Illinois hasta California. Por muchos años fue el principal itinerario de emigrantes que se dirigían al oeste, por ende su importancia en la economía y demografía del país es innegable.

Hoy, a pesar de que la ruta fue descatalogada y reemplazada por una autopista interestatal de mayor velocidad, los letreros de «Historic Route 66» nunca pasan de moda para quienes buscan redescubrir la historia viva de los Estados Unidos. Nosotros transitamos por el tramo que dio nacimiento a la carretera, en Seligman, Arizona, a una hora muy temprana del día, por lo que nuestra soledad en el pueblo lo hacía aún más inhóspito. Era un verdadero viaje al pasado que los americanos han sabido mantener.

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De ahí en mas, y por un par de horas, el camino se volvió algo aburrido y agotador. Era el décimo día de este roadtrip que culminaría en Las Vegas esta misma tarde. Pero por increíble que suene, a la aventura le quedaba aún una última atracción interesante por apreciar, y esa era la magnífica Presa Hoover.

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Esta tremenda obra de ingeniería está emplazada en el límite exacto de los estados de Arizona y Nevada, y a tan sólo 50 kilómetros de Las Vegas, por lo que es visita fija para los turistas que disfrutan de la ciudad del pecado, e incluso también para quiénes aterrizan en aeropuertos alejados como Los Ángeles, razón por la que encontramos muchos vehículos rentados con patentes californianas. En total, cerca de 1 millón de personas visitan la Presa Hoover cada año.

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Considerada una de las siete maravillas de la ingeniería moderna, esta presa de hormigón cuenta con su propio centro de visitantes para aprender sobre su construcción y actual uso. Desde principios de 1900, el gobierno de los Estados Unidos evaluó la opción de instalar una represa en este lugar y recién 30 años después comenzó la edificación del megaproyecto. Hoy, es vital en el control de las inundaciones (por el deshielo de las montañas), la irrigación de agua para la agricultura y la producción de energía hidroeléctrica para los estados de California, Arizona y Nevada. Además, el actuar de la presa creó el lago artificial Mead, la reserva de agua más grande del país.

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Así dimos fin al roadtrip, habiendo recorrido más de 2300 kilómetros atravesando el sur de Utah y el norte de Arizona, en lo que fue definitivamente mi parte favorita de toda la aventura estadounidense. Adoloridos y cansados a no dar más, hediondos y sin ropa limpia, habiendo pasado mucho frío y, personalmente, con un par de días enfermo, pero si tuviese que repetirlo lo haría una y mil veces más. De verdad, muy satisfecho y pleno con el resultado de estos diez días y por otro objetivo cumplido.

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La vuelta a Las Vegas fue de dulce y agraz. Dulce, porque Neven encontró a una familia búlgara que gustosamente aceptó hospedarnos una noche, ofreciendonos un descanso necesario y algo de ayuda lavando nuestras ropas, a cambio de compartir algunas de nuestras experiencias de viajes. Imaginen lo feliz que estaba mi amigo de hablar su lengua materna, no sólo con una persona, sino con cuatro.

¿La mala noticia de la ciudad de las apuestas? Un pequeño accidente que me hizo perder algunos artículos de mi mochila, entre ellos, la cámara fotográfica. Bien sabe mucha gente que no soy apegado a los bienes materiales, pero cuando escribes un blog y la cámara es casi del valor de todo el resto de tus artículos, duele. Y mucho. Tanto, que sufrí un bajón anímico intenso que me hizo dejar Las Vegas al día siguiente, no habiendo entrado ni a un mísero casino. No había vuelta atrás. Y Neven decidió acompañarme en esta última etapa del viaje rumbo al siguiente estado, California.

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El problema es que, llegando a Los Angeles, California, el estado anímico no mejoró absolutamente nada. No era una ciudad que me llamara la atención, sinceramente, y menos interesante la hacía verla a través de mis ojos en este momento. Estaba poseído por una nube negra que me decía «VETE DE ACÁ, NO QUIERES ESTAR ACÁ». Y bueno, eso hice, de nuevo. Me fui de Los Angeles sin siquiera visitar el famoso letrero de Hollywood o alguna estrella del paseo de la fama. La paz interior era más importante, y esperaba encontrarla en el norte de California.

La despedida con mi amigo Neven si fue emotiva. Viajar hace esto, te hace conocer gente maravillosa, pero también te da miles de despedidas, y muchas de ellas no son sencillas de digerir. Ésta no lo fue, porque conocer a este amigo fue inesperado, fugaz e intenso. Suerte en tu viaje por México y Centroamérica, espero volvamos a cruzar nuestros caminos en el futuro.

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