Perdido en Huehuetenango

Improvisar siempre ha sido algo importante en estos viajes planificados que se suelen realizar, pero el moverte a dedo, con carpa y confiando en lo que el día a día suceda hace que uno llegue a lugares que en un inicio no estaban en la ruta de esta travesía. Así fue como, en un intento por acercarme a la frontera noroeste de Guatemala con México, arribé a la ciudad de Huehuetenango, capital del departamento del mismo nombre. Ahí sería recibido por José Pablo, un estudiante de odontología y aficionado a todo lo que realice sonido y otorgue placer a quien escucha. La concha acústica del parque central de la ciudad sería nuestra introductoria bienvenida a una semana de mucha música y sorpresas por doquier.

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José Pablo, amante de viajar y de la naturaleza, fue perfecto para darme una clase magistral de los innumerables atractivos que la zona esconde, y cuando digo esconde es porque están bien profundos en el departamento y para llegar a cada uno de ellos se debe viajar por caminos que en muchos mapas ni siquiera existen. Un desafío que en pocos días me tomaría personal y una aventura que cambiaría la forma en que vería a Guatemala de aquí a futuro. El camino mostraba tres objetivos a alcanzar y siendo Huehuetenango una ciudad que de turística no tiene mucho, me armé de tiempo, valor y salí por una nueva historia que escribir.

Eran las 6 AM de un lunes y pensaba en pasar unos días fuera. El sol en este lugar te asa como el mejor de los chicharrones chapines. Mi primera parada era viajar unos 150 kilómetros a la mera frontera con Chiapas para alcanzar los poco conocidos y alucinantes Cenotes de la Candelaria, algo que pensé no vería hasta llegar a México. La primera misión era llegar hasta el pueblo de Nentón, base operativa para la salida a estas atracciones y el comienzo de la terracería en los caminos al norte. Desde avanzar por horas en la palangana de una camioneta mientras me moría de sed, hasta gente que me regaló dinero para poder continuar, fue un primer día de 12 horas de movimiento que finiquité en la comunidad de Río Jordán, a míseros tres kilómetros de los cenotes y con pequeños niños de todas las edades que no entendían el español jugando a mi alrededor.

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Luego de una noche acampando en la comunidad por gracia de los locales, quienes fueron muy amables y educados conmigo, me adentré la mañana siguiente en el pequeño sendero que lleva a los cenotes. Se pagan 10Q por persona a pie o 100Q si quieres entrar en vehículo. Como buen día de semana en estos desconocidos páramos no había absolutamente nadie en toda la caminata ni en los cenotes mismos. El primero de ellos se encuentra a la mitad del viaje a una altura considerable, en medio de los cerros y demostrando a lo lejos esos bellísimos colores, reflejo del hermoso día que se aproximaba.

Al llegar al segundo cenote, el de la mayoría de las imágenes previas, mi corazón se detuvo. Tenía este espectáculo frente a mis ojos, esa piscina tipo espejo sólo para mí en medio de un silencio sólo interrumpido por el cantar de las aves y el vuelo de las abejas. La roca de las paredes se reflejaba de forma tan perfecta que no daban intenciones de perturbar esta paz. Finalmente, tras escribir y sentir la satisfacción del primero de los objetivos cumplidos, un baño en aquel paraíso fue el final que merecía.

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Lo que no imaginaba era que tras aquella mañana de relajo vendría un día durísimo de movimiento en busca del siguiente cenote, esta vez uno sin agua llamado el hoyo Cimarrón, al extremo norte de Huehuetenango. Para llegar a este sitio es necesario volver de los cenotes a la carretera de Nentón, atravesando la comunidad de Chacá y en dónde me tocó caminar más de 15 kilómetros debido a la imposibilidad de encontrar un jalón. Esto pasa cuando te metes en lugares fuera de cualquier mapa y donde nadie transita. Desde ahí se llega a La Trinidad y luego tomar dirección al pueblo de Gracias a Dios (si, así se llama el lugar). A medio camino estará la indicación que informa de la llegada al Cimarrón.

El hoyo Cimarrón es una formación geológica como nunca había visto antes y de la cual no se tiene la menor idea de su origen. Para mí era un cenote sin agua, pero los locales dan crédito hasta a los extraterrestres. Lo cierto es que es sorprendente y vale la pena caminar los 40 minutos desde la carretera a este sitio, y así admirar esta singularidad. Árboles se divisan al fondo del agujero y buitres rodean el perímetro, como si estuviesen defendiendo algo, un tesoro escondido. Sorprendente desde donde se le mire y una joya bien escondida en este océano de rocas.

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Lo mejor quedaría para el final: la búsqueda de la Laguna Brava, Yolnabaj. Me habían hablado maravillas de este lugar, pero lo que viviría los siguientes días no estaban en ninguna de esas bellas referencias. Volviendo a La Trinidad era hora de empinar ruta hacia la pequeña comunidad de Yalambojoch, la mejor de las puertas de entrada a la laguna y hogar de gente de bien. Con ellos es posible negociar una tasa de entrada al sendero e incluso pedir asilo en pequeñas cabañas que allá abajo poseen. En mi caso, debido a la poca demanda, me permitieron por 30Q vivir dos noches en aquel singular sitio. Un letrero que advertía un descenso de tres kilómetros me invitaba a comenzar.

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Lo bueno de cargar un GPS es que pronto sabría que este sendero estaba lejos de contar con la distancia advertida, porque la realidad me mostraba ser al menos el doble de largo. La pendiente de bajada era terrible y me hacía desde ya sufrir un evidente retorno en unos días, mientras que la temperatura, que súbitamente comenzó a bajar, me mostraba hectáreas de terreno de maíz, café y frijoles. Después de dos días de viaje sin detención mi cuerpo reventado se encontraba bajo un desafío como pocos había tenido. Pensaba que no había lugar al que pudiera llegar que pagara todo este esfuerzo, pero nuevamente me equivocaba..

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Tras dos horas y media apareció frente a mí un pequeño brazo de laguna que dejaba entrever que me aproximaba a algo impresionante. La tarde nublada no daba la impresión ideal, pero era lo mejor para el calor que comenzó a pegar por la tarde. Cuatro cabañas me esperaban al final del camino, todas con un armazón de madera como cama y miles de mosquitos a la guardia de un festín del que yo sería el plato principal. Aquella noche hubo que dormir con mosquitero para la mañana siguiente llevarme la sorpresa de mi vida: las aguas más cristalinas que vi en mi vida estaban ahí, al otro lado del muelle. A veces las fotos no hacen justicia a lo que realmente fue, pero siento que nunca un trekking había valido tanto la pena. Algo imposible de describir con palabras y que espero todos quienes visiten Guatemala tengan la oportunidad de conocer algún día. El tesoro mejor escondido estaba acá. Fueron dos días que pasé en completa soledad en el paraíso en la tierra, cocinando con leña, visitando ruinas y sentado en aquel muelle admirando aquello que quedaría en mi cabeza para siempre. La Laguna Brava me dio el merecido descanso y la renovación de energías necesarianpara regresar a dedo a Huehuetenango.

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De vuelta con Jose Pablo y con los días contados en la zona, dejamos la visita al sitio arqueológico de Zaculeu para el final de mi estadía. Este se encuentra en la misma ciudad de Huehue y me entregaría mi primera ruina maya de Guatemala, siendo capital del reino Mam, palabra utilizada también para llamar al idioma más hablado en la zona. Esta vez, a diferencia de las ruinas de El Salvador, ya podemos escalar las pirámides y probar una nueva panorámica desde las alturas. Con un precio de 5Q para chapines y 50Q para extranjeros, es preciso buscar un guatemalteco que compre los tickets y no pasar rabias con estos precios extremadamente inflados. El sitio cuenta con un campo de pelota en muy buenas condiciones, un pequeño museo y también es actualmente sede de rituales ceremoniales mayas, tradición con mas de 1500 años de antigüedad.

Desde aquí me despido y les extiendo la invitación a improvisar, que a veces se llega más lejos de lo que nunca imaginamos. Huehuetenango te llevo en mi corazón y no dudes que aquella Yolnabaj volverá a ver estos pies en sus aguas cristalinas.

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NOTA: El mapa de la ruta descrita en estos fantásticos días por Huehue lo pueden observar en https://goo.gl/Yyc5Zv

2 Responses to Perdido en Huehuetenango

  1. Jersson Perez dice:

    Muy bonita experiencia, creo que te faltó Laguna Magdalena y mirador de los Cuchumatanes, uno de los mejores lugares a visitar en Huehue. Me gusta tu información desde hace rato quiero conocer esa parte de Huehue pero no he podido. Me podrias dar el contacto de Juan Pablo?. Te deseo exitos…

    • Rytoks dice:

      Es un lugar al que volvere.. el contacto de Jose Pablo puedes obtenerlo en Couchsurfing, no puedo darlo de forma privada. Y se que me falto tambien Todos Santos y asi completar todo!

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