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La caótica y revitalizante Salvador de Bahía

Necesitaba un golpe anímico importante para salir del estado de tristeza, decepción y rabia en que me encontraba sumido en este momento. El robo en Lençois me había dejado sin dinero y sin aparatos electrónicos que eran vitales para continuar mi camino. Debía renacer, y la ciudad más próxima era la capital del Estado de Bahía, Salvador. Tenía sentimientos encontrados con Salvador: en todo Brasil, era la ciudad de la que me sentía más inseguro de visitar, debido a las muchas historias de delincuencia y robos que había escuchado, e irónicamente ahora precisaba de ella para comenzar de cero, para volver a esa sensación de placer al viajar y, más importante, volver a confiar en las personas.

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Podría resumir mis días en Salvador de Bahía en dos etapas: una de rearme y otra de aprovechamiento. Y la verdad es que tuve la ayuda precisa para lograr ambos objetivos. Primero, me dirigí al municipio de Lauro de Freitas, cerca del aeropuerto de Salvador, para quedar en casa de Arlimario y Anadia. Esta pareja de hijos que moran fuera de la ciudad, se convirtieron en los cimientos de mi renacer. Ellos me dieron total libertad y ayuda en lo que precisara en este frágil momento de mi viaje. Si necesitaba retirar dinero, ellos me acompañaban; colocaron su computador en la sala para yo poder pesquisar por un nuevo teléfono o una nueva cámara, y no dejaban que cometiera ningún gasto innecesario a los imprescindibles. Así fue como, rápidamente, pude renovar mis aparatos y volver al ruedo.

Pero no sólo fue eso. Arlimario y Anadia fueron el ingrediente ideal para comenzar a volver a retomar la confianza en las personas, cosa que había perdido tras el robo. Ellos llenaron mi alma de cariño y me trataron como si fuese el tercer hijo de su familia, el que también estaría a poco de partir. Fueron, también, la introducción a varias comidas locales como el mocoto (médula de la canilla del vacuno), la rabada (cola del vacuno), la quiabada, y lo que ellos llaman «comida baiana» que es un plato que generalmente trae carurú, vatapá, feijao fradinho, ximxim de frango y el infaltable arroz blanco (plato de la foto). No tengo palabras para agradecerles a ellos la gentileza, pero fueron excepcionales en el peor momento de estos 7 meses y medio de viaje.

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En la segunda parte de esta aventura por las tierras de Salvador, conocí a Messias, quién vivía en el barrio turístico de Barra, al sur de la península. Aquí, ya más repuesto de los últimos acontecimientos, volví a ser el de siempre. No fue rápido ni fue fácil, pero la compañia de Messías en las numerosas salidas por los barrios de la ciudad y su debut como guía turístico fue primordial. Salvador es notable a nivel de país por su gastronomía, música, arquitectura, todas ellas reconocidas internacionalmente, y tener una persona de aquí que pudiese orientarme era óptimo.

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Comenzamos por el litoral sur y el barrio de Barra, conocido por estar plagado de fuertes y faros que en la antiguedad defendían a la ciudad de posibles enemigos. Fue también en este punto que los colonizadores portugueses arribaron y el lugar escogido para su fundación. El fuerte Santo Antonio da Barra, ícono de la ciudad y vértice del municipio de Salvador, tiene el faro más antiguo de América y alberga el museo nautico.

En Barra también es posible encontrar las playas más cercanas al centro de la ciudad. Entrar a sus aguas es sorprenderte de que a pocos metros de una urbe tan grande (la tercera mayor de Brasil) existan aguas tan sumamente claras. Supongo que era señal de que estaba entrando al nordeste brasilero. Y tienes variedad absoluta: puedes disfrutar de infraestructura en playas atestadas de gente o parar en otras menores, pero con una mayor soledad para aprovechar el día.

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Luego, nos dirigimos a la mayor atracción de Salvador, su centro histórico Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, ubicado en el barrio de Pelourinho. Conocido por su arquitectura colonial portuguesas con monumentos históricos que datan del siglo 17 al 20, fue el primer barrio construído en la ciudad. El significado de la palabra Pelourinho tiene un antecedente triste, al ser una columna de piedra colocada en medio de algunas plazas para azotar criminales o esclavos durante la colonia. Los mismos que, piedra a piedra, construyeron este alucinante centro histórico. Muros manchados con sudor y sangre africana. Pero un trabajo hecho de forma excepcional; la hermosura de su arquitectura no pasa desapercibida para nadie.

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Tiempos después del fin de la esclavitud en Brasil, esta parte de la ciudad pasó a atraer artistas de todos los géneros: cineastas, musicos, pintores, etc, convirtiendo al Pelourinho en un centro cultural. Hoy se encuentran en sus diagonales calles gran cantidad de museos, iglesias y tiendas de recuerdos. Un momento histórico en la ciudad fue la visita de Michael Jackson en 1996 para grabar el video «They Don’t Care About Us”, que al sonido de las batucadas del Olodum, hizo al rey del pop hipnotizar con sus movimientos al ciudadano bahiano. Monumental.

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Poco a poco sentía que volvía a ser yo. En cada esquina, en cada uno de los museos que entré, en cada fachada de edificio que fotografiaba. Sentía que la inseguridad con la que venía a Salvador era infundada, que era un lugar seguro. Eso si, deambulan por la ciudad muchos artesanos que te colocan pulseras de colores tradicionales de la zona y luego te intentan vender artesanías a la fuerza, son una plaga y muy molestos e insistentes. Eso sumado a los cientos de guías que te ofrecen tours por los diferentes rincones de la ciudad, lo hacen un lugar extremadamente caótico. En sus calles vimos, junto a Messias, grabaciones de un comercial de televisión y de un cortometraje de una famosa artista brasilera. La urbanidad de Salvador suda arte a granel.

En términos de religión, es conocida por tener nada más y nada menos que 365 iglesias católicas, una para visitar cada día del año. Y eso que en esta ciudad la religión católica debe convivir junto al candomblé, de origen africano, mistura fácil de identificar en la cultura y la personalidad del pueblo bahiano.

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A proposito del candomblé: Salvador es la ciudad de Brasil con mayor porcentaje de población negra (cerca del 80% se declara así), muchos de ellos seguidores de la cultura africana de los orishas, de origen totémico. Prohibido y criminalizado durante siglos, el candomblé supo sobrevivir en los asentamientos y hoy la ciudad cuenta con 2230 terreiros, llamado así a los templos de culto. Su base es el alma de la naturaleza y considera divinidad a orishas, seres mortales que por alguna razón devinieron en seres divinos, deidificados por su pueblo en virtud de actos notables en vida; de hecho, la semejanza entre las leyendas griegas son numerosas.

Visité también el memorial de la mujer bahiana, dedicado a la mujer afrobrasilera descendiente de esclavos que se dedicó, luego de la abolición, en su mayoría a la elaboración del Acarajé, alimento consistente en una masa hecha de feijao fradinho que es frita en aceite de dende (palma) y luego rellenada con vatapá, caruru o camarón. Una delicia que hoy es considerada patrimonio cultural imaterial.

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La construcción de la ciudad se dio acompañado por una topografía bien accidentada, por lo cual fue necesario formar dos niveles separados por 85 metros de altura, llamados ciudad alta y ciudad baja. En ellos se concentrarían la zona institucional y política, y la portuaria y comercial, respectivamente. Uno de los puntos turísticos más visitados de la zona es el Elevador Lacerna, que conecta ambas ciudades, reconocido por ser el primer elevador instalado en Brasil. Por sólo 15 centavos de real puedes realizar el corto viaje que te transporta a cualquiera de ambos puntos. Si no, también puedes transportarte en planos inclinados, pequeños elevadores diagonales que se asemejan mucho a los tradicionales de Valparaiso.

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Salvador fue una ironía absoluta. Le tenía miedo, lo admito, y termino haciendo un trabajo excepcional en ayudarme a recuperar el rumbo y volver a ser el viajero de siempre. Ni hablar de Arlimario, Anadia y Messias, a quién les debo un favor bien grande. A Salvador lo hace su gente, y ellos no decepcionaron en lo absoluto. Hace mucho que no me sentía tan agradecido y espero más pronto que tarde poder devolver la gentileza.

El atardecer desde la hamaca en la casa de Messias fue la despedida a este gigante brasilero, puerta de entrada al nordeste brasilero. No olvidaré sus colores, sus sonidos, el sabor de sus comidas y ese Océano Atlántico que ire bordeando el próximo mes y medio, con certeza.

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