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Pipa, o paraíso e aquí

Hasta el día que dejé Joao Pessoa, creo que llevaba más que suficiente tiempo en soledad por la carretera. Gozaba de compañía en las ciudades, pero mientras me mantenía en movimiento escaseaban los compañeros de viaje. El último día en Jampa, conocí a Adrián y Miller, argentino y colombiano que hacían una ruta bien parecida a la mía, pero por diferentes motivos, a una velocidad abismante; eso sumado a una carona permanente que pegaron con Filipe, un brasileño que viajaba en auto y que los transportaba durante días en su auto. Como todos nos dirigíamos a Pipa, pregunté si podía acomodarme con ellos por una jornada, cosa que aceptaron. Viajaríamos los cuatro al paraíso playero y a mi estado número 12, Río Grande do Norte.

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Ellos pasarían sólo una tarde en Pipa, mientras que yo me quedaría unos días a descansar, porque venía con un ritmo agitado que no daba tregua a mi cuerpo. A esta altura, cinco meses y medio en Brasil pasaban absolutamente la cuenta sobre mí. Llegamos a Pipa y fuimos directo a la playa a disfrutar una primera cerveza helada. En las calles de esta turística villa se escuchaba más español que portugués; en efecto, el acento argentino o uruguayo predominaba alrededor de nosotros. Durante la conversa, insté al grupo a quedarse una noche al menos, hacerme compañía y que era posible encontrar un lugar interesante para acampar al aire libre y pasar una noche ‘de boas’, idea que les pareció óptima.

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Nos dirigimos a Chapadao, la punta sur de Pipa, conocido mirador al que los tours te cobran por ir a mirar el atardecer. Nosotros lo tendríamos por toda la noche sólo para nosotros. Recolectamos leña, hicimos una fogata y pasamos la noche alrededor de su esplendor. Es increíble como cuatro historias completamente diferentes, de cuatro lugares completamente alejados, podían interactuar y unirse en una sola bajo el alero de ese fuego. Esa noche aprendí de ellos y espero ellos de mí, pero en fin, lo más importante es que esa noche gané tres buenos amigos.

Por la mañana, recuerdo que sentí la máxima expresión de que las cosas simples de la vida son las mejores. Abrir la carpa y ver el amanecer con el humo de la fogata aún extinguiéndose, con el paquete de fideos que la noche anterior parecía el mejor de los banquetes. Bajar al mar y tomar baño en soledad, en el mismo lugar que más tarde estaría atestado de turistas; beber una agua de coco y partir.

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Volvimos a la ciudad y me dejaron en el camping Las Mangueiras, el más barato de la villa, y tal cual los vi llegar y aproveché su acompañamiento, partieron rumbo a Natal. Me correspondía parar las revoluciones y exprimir el hecho de que en el lugar que me estaba quedando no había una carpa, sería el único huesped y la paz que estaba buscando porfín sería una realidad. No pagaba un camping hacía 2 meses y medio (desde Ilha Grande, RJ) y creo que por un lugar con estas características valía inmensamente la pena hacerlo. Era hora de recuperarme del sueño y el cansancio acumulado.

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Otra cosa atractiva de aquel camping era su ubicación: a pocos minutos de caminata llegabas a la famosa Praia do Amor. La previsión del tiempo decía lluvia para este día, los anteriores y los siguientes, pero extrañamente nada de eso acontecía. O me encontraba con días completamente despejados que de tanto en tanto nublaba y llovía 10 minutos, o simplemente se nublaba todo con un calor que permitía entrar a sus aguas a refrescarte sin problemas.

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Praia do amor es conocida por ser una playa de olas algo violentas y vientos fuertes, especial para amantes del surf y el kitesurf. Igual, eso no impide que sea un lugar ideal para tomar baño, mas aún considerando que la previsión estaba fallando y los días estaban claros y agradables. Otro motivo por el cual tenía mucha voluntad de venir aquí era porque hace un tiempo había visto una foto de una biblioteca en la playa que quería conocer, como algo inusual y un proyecto que me parecía digno de compartir. Agarras tu libro y lees mientras disfrutas de los rayos de sol o intercambias alguno que ya hayas terminado por otro que te interese comenzar a incursionar.

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Así fueron los días por el sur de Pipa. Ya más descansado, recibí visitas en mi camping (?), dos amigos brasileros que venían a hacer dinero con su música y un chileno amante del surf que no gustó del calor de Jericocoara y se mudó a la frescura norteriograndense. Este último se llamaba Juan (alias Jota) y se convirtió en mi compañero de playas en momentos en que me correspondía visitar el litoral norte. Cenas comunitarias, charlas entre dos personas que claramente no eran del mismo estrato social, pero que hicieron amistad en ese pequeño camping, porque aquí somos todos iguales.

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El último lugar de Pipa que tenía muchas ansias de conocer era la Baía dos Golfinhos, que en portugués significa Bahía de los delfines. ¿La razón del nombre? Delfines chapotean en sus aguas de forma natural, sin nada que obligue a ellos a quedarse. Ahí ellos cazan su alimento, pasean a sus familias y de vez en cuando saltan en acrobacias que cualquier parque acuático envidiaría.

Debido a sus gigantes paredes de roca, Bahía dos golfinhos sólo tiene acceso por la orilla del mar, por tanto necesita que el visitante esté atento a las horas en que la marea está baja y así poder entrar y salir sin problemas. Llegando ahí es todo belleza, una playa muy calma con pocos puestos de venta, pocas personas y una que otra embarcación turística en busca de los delfines. Para no querer salir más de ahí.

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Había escuchado que no era tan sencillo observar a los delfines desde la playa misma y que algunas personas necesitaban de varias visitas para encontrarlos. Eso, adicionando que te ofrecían muchos tours mar adentro para avistamientos, hacían que mis esperanzas de admirar estos mamíferos se hiciera muy distante, pero nada más alejado de la realidad. Lo recuerdo y se me aprieta la garganta de nuevo. ¡Loco, están ahí mismo! Y son majestuosos. Con Jota nos sumergíamos a nadar y los teníamos a pocos metros de nosotros. No les miento que ver una aleta dirigiéndose en nuestra dirección no te da una pequeña sensación de pánico, pero ellos ya están acostumbrados a la compañía de los humanos y los turistas al cuidado de ellos. No hay Mundo Marino ni Sea World que te ofrezca esta experiencia.

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Un poco más al norte de Golfinhos esta el parque ecológico, que tiene una entrada por la carretera y otra por la playa. Hagan lo segundo, porque por la entrada principal les cobrarán un ridículo valor de 15 reales que no los merece. Cuenta con senderos interprétativos y un mirador interesante de toda la Baía dos Golfinhos, un museo vacío y unos animales (conejos y tortugas) encerrados. Nada muy especial, la verdad.

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Debo decir que fui muy suertudo en encontrar los días que tuve en Pipa. Con lluvia todo hubiese sido muy diferente, ya que no me habría dado la oportunidad de aprovechar las playas de la forma que lo hice. Y gracias a eso, Golfinhos, Amor y Chapadao se convirtieron, hasta hoy, en mi conjunto de playas favoritas del nordeste y de los mejores de Brasil. Ahora entiendo por que se llenó de hermanos che. Estuve a poco de no venir y me terminé quedando más días de lo planificado, porque hay que hacer lo que dice el corazón, y él decía que el paraíso estaba aquí.

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