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Mochileros de vacaciones: Unas inusuales «ferias» por el litoral carioca

Muchas personas creen que por llevar una vida de viaje todo me sale siempre de maravillas y mis días son color de rosa. Se disfruta una barbaridad, es cierto, pero requiere mucho sacrificio y esfuerzo llegar a tomar algunas de las mejores fotos o vivir las alocadas historias que cada tanto tengo la suerte de contar. Si hablo de que quiero tomarme unas vacaciones del viaje creerán que soy un canalla, pero es así: después de dos meses ininterrumpidos de ruta, de Chile, Argentina y Paraguay casi sin parar, necesitaba un descanso, y en el inicio de mi retorno a tierras brasileras encontraba la oportunidad perfecta de realizarlo.

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Siempre mis amigos de casa me hablaron de querer sacar sus vacaciones de sus respectivos trabajos en orden de coincidir con algún momento de mi travesía y así compartir juntos estas locas aventuras por donde sea que esté. El detalle es que a la larga eso nunca sucedía, por diferentes motivos. Eso hasta que Melisa, amiga argentina de Buenos Aires, se animó a dar el siguiente paso y compró pasajes a San Pablo sin vacilar. Viajaríamos juntos 10 días hasta dejarla en el aeropuerto de Rio, en lo que sería una mezcla perfecta de vacaciones y vida mochilera.

Pero primero había que llegar a San Pablo..

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Salir de Foz fue sencillo después de sobrevivir al hecho de tener que admitir que no iba volver a la zona en un tiempo importante, porque dejar Paraguay no fue fácil. En la práctica, tenía que avanzar 1100 kms. cruzando todo el estado de Paraná y llegar a la ciudad más grande de Sudamérica. Y a pesar de un par de contratiempos típicos de moverse a dedo (como perder mis lentes y quedar un día entero botado en Curitiba), gracias a la ayuda de camioneros que se vuelven mentores y amigos en algunas horas, se pudo llegar al aeropuerto de Guarulhos a tiempo para recoger a Melisa.

Por la mañana, sin vacilar arrancamos de este monstruo urbano para empinar en dirección a la costa paulista. Meli no había hecho carona (dedo) nunca antes y el rumbo a Paraty iba a ser su primera vez. Cruzamos pueblos como San Jose dos Campos, Taubaté, Sao Luiz, Ubatuba, para llegar a nuestro destino final, atravesamos la Serra do Mar en medio de una imposible neblina, nos deleitamos con las bondades refrescantes del Caldo de Cana y finalmente volví, después de unos 4 meses, a respirar ese aire oceánico del cálido Atlántico.

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Nuestro alojamiento en Paraty estuvo a cargo de Vera, en la villa residencial de Mambucaba, un lugar construido para trabajadores de la Usina Nuclear de Angra dos Reais (hablaré luego de aquello). Ella, junto a su marido, su suegra, su hija y sus dos cachorros fueron una familia para nosotros, lugar donde Melisa comprobó en carne y hueso porque amo utilizar Couchsurfing.

De aquí en mas comenzaron las vacaciones absolutas, estaríamos de «ferias» como se diría en el idioma portugués. Espalda a la arena, barriga al sol, cubrirnos de la sal marina en estas incoloras aguas, comer divino y descansar, día tras día. Playas de Mambucaba, de Sao Gonçalo, Ilha do Pelado, entre otras, fueron testigos del relajo total. Vera precisaba de dicha en un momento delicado de su vida y, por suerte, con Meli pudimos llenar de risas y jubilo sus largas jornadas.

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Meli trajo las vacaciones a mis agitados días, y mi forma de devolverle el favor, mi misión, sería transportarla al mundo mochilero que acostumbro vivir y llevármela por unos días a caminar senderos de Mata Atlántica en busca de algunas de las playas escondidas de Trindade, a unos 20 kilómetros al sur de Paraty. Aquí, lugares de ensueño como la Praia do Sono (posible de llegar después de un sendero de poco menos de dos horas) y la Praia dos Antigos (unos cuarenta minutos adicionales de caminata) nos cobijaron y nos llenaron de paz y tranquilidad… y mosquitos (?). Sin preocupaciones mayores que instalar la carpa, nadar en el Atlántico e intentar no morirse de hambre y de sed. Joya.

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A esta perfecta combinación de vacaciones mochileras le quedaban algunas sorpresas más. A un colectivo de distancia de la entrada al sendero de Praia do Sono es posible alcanzar el pueblo de Trindade, que contiene una importante cuota de turismo en sus playas de Meio y Cachadaço. Del descanso absoluto habíamos virado a un estado de completo cansancio (después de unos 6,5 kilómetros ya caminados por medio de la frondosa selva atlántica). Nos habían hablado de las piscinas naturales de Cachadaço sobre el final del pueblo, pero nuestros cuerpos se encontraban al borde del agotamiento, exhaustos. Pensamos desistir, pero la locura siempre será más grande.

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Así fue como, tras otro sendero de unos 40 minutos (mitad de playa y mitad de mata) nuestro premio final estaba frente a nosotros. Un sector de mar cercado completamente por gigantes rocas de forma natural, formando así una enorme pileta que dejaba ver la transparencia en sus aguas. ¿Ustedes creen que nos importó que comenzase a llover? Para nada. Ropa al suelo y humanidades al agua. Nos merecíamos esto, esta incontrolable sensación de forzar nuestros cuerpos al borde de sus capacidades para culminar con este simple presente, una plancha sobre la mar, nadar con los coloridos peces que se acercaban, sentir la lluvia caer sobre nuestros rostros y comprobar que habíamos logrado nuestra meta.

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En la habitación donde dormíamos en casa de Vera había una frase escrita que decía «El valor de las cosas no está en el tiempo en que ellas duran, sino en la intensidad con que acontecen, por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables». Esta parte de mi viaje se explica mucho con eso, porque nada de estos días habrían sucedido sin Gilson y Luis (los camioneros con que llegue a San Pablo), a Vera, que se dio incluso el tiempo de conseguirnos visitar la Usina Nuclear donde trabajaba, y por supuesto a mi compañera de aventuras Meli por el aguante y las ganas de salir de su mundo, de su zona de confort, y acompañar el mio, aunque sea sólo por una breve estancia. Y eso no lo olvidaré. Como tu misma lo dijiste «Fueron diez días de un aire distinto, un aire más puro, más sincero. En la rutina, en el dia a dia.» Obrigado e Boa viagem.

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